Una mesa en El Taurino

Una mesa en El Taurino

24 septiembre, 2020 0 Avelino Gómez

Desde la puerta de entrada y hasta allá, al fondo de la barra, se siente la fiesta aclimatada a la sana distancia que dicta la contingencia sanitaria. Afuera hay una pandemia, pero acá adentro, en El Taurino, la hemos conjurado entre un trago y otro.

Entramos al Taurino como todos deben entran a una cantina: batiendo de par en par la puerta. Somos cuatro, y nos sentamos en la misma mesa en la que solía sentarse Carlos Dapuente, “el mejor poeta vivo de Colima”. Dapuente venía a esta cantina a beberse el día y a entablar apasionadas conversaciones sobre la provinciana vida cultural de Colima, que no es poca cosa, pero tampoco mucha. Sabemos que esta era su mesa, porque la madera muestra añejas cicatrices por quemaduras de cigarro.

Pero nos hemos sentado, decía. Un hombre vino a dar la bienvenida y a pasar el trapo por la mesa. Una mujer a preguntar que qué vamos a tomar. Son las dos de la tarde de un quince de septiembre y no se puede pedir otra cosa para beber que lo acostumbrado en una cantina. Somos cuatro, lo digo otra vez. Hemos llegado después de recorrer la ciudad desde sus cuatro puntos cardinales. Sedientos y con un poco de hambre.

Y es martes. De antemano sabemos que de la cocina del Taurino vendrá el infaltable chilayo para acompañar las cervezas y el tequila. Porque a diferencia de Carlos Dapuente, que sólo bebió y vivió en las páginas de una novela, a nosotros nos gusta comer, celebrar lo que se dispone en una mesa. Y más allá de que El Taurino sea una cantina, aquí también se sabe cocinar y servir más de lo que uno espera.

Hace años, con la bebida se servía un huevo duro y una papa cocida. Todavía se sirven, pero ahora suelen llegar otros platos con guisos que se comparan, por su sabrosura, con los que uno encuentra en los restaurantes de comida tradicional. Por lo pronto, decimos, que no nos falte el chilayo ni los tacos de chicharrón.

En la mesa de enfrente un hombre de pelo entrecano bebe su cerveza como si bebiera del Santo Grial. En una mesa más allá, tres hombres cantan las canciones rancheras que deja escapar la rockola. Todas las mesas están ya ocupadas. Desde la puerta de entrada y hasta allá, al fondo de la barra, se siente la fiesta aclimatada a la sana distancia que dicta la contingencia sanitaria. Afuera hay una pandemia, pero acá adentro, en El Taurino, la hemos conjurado entre un trago y otro.

Y en cierto momento cruzan la puerta cuatro músicos, intempestivos como los cuatro jinetes del Apocalipsis. Cada uno con su preciado instrumento: el tololoche, las tarolas, el bajo sexto y el acordeón. Es un grupo de música norteña que, por su aspecto y vestimenta, deberían llamarse Los Sureños del Norte. Casi le atino, casi. Sin decir agua va, se arrancan a cantar una canción que todos sabemos, y al terminan explican que están ahí por cortesía del cantinero. Catarán las canciones que uno quiera, las que uno solicite, dicen. Si las canciones son de despecho y desamor, mejor: Las casas de madera, Libro abierto, Una página más. Todos los que estamos allí, parece, nacimos para cantarle al dolor como si fuera alegre celebración.

La música del cuarteto se desliza entre las paredes de la cantina, reconociendo su hábitat natural. Me acerco a uno de los músicos y le pregunto si se saben Idos de la mente. “Sí, la sabemos, pero hay otras canciones que pidieron antes de que esa”, advierte. Vuelvo a la mesa, resignado a la democrática espera no sin antes preguntar cómo se llama el grupo. “Progresivo Norte”, dice con arrojo el del tololoche. Casi le atino. Casi. Los Progresivos del Norte cantan: encantan a los demonios que uno lleva dentro. Se lucen, complacen, se ganan el aplauso.

En algún momento, hacia las cinco de la tarde, ingresará por esa puerta abatible el imbatible reportero de nota roja Sergio Uribe. Pocos periodistas como él, quien ya es una institución en las páginas de los periódicos locales. Y en estas mesas también. Atención todos, Sergio Uribe ha entrado ya, alto como es y con sombrero y cubrebocas bien puesto. Lo vemos pasar por el centro de la cantina como si pasara por la sala de nuestra casa. alguien lo saluda, con ganas de sentarse a tomar un trago con él. Pero el periodista alza la mano en un gesto de saludo y desaparece allá adentro, en la barra, donde sólo pocos pueden y merecen sentarse.

Los músicos se han movido. Están ahora cantando a los parroquianos que rodean la barra. El cantinero preside, imparte justicia desde su trono de licores y demanda canciones alegres. El acordeón exhala su júbilo. El tololoche y el bajo sexto lo siguen. Trina con todas su alegría las tarolas.

Mientras tanto, quienes estamos en este lado de la cantina, damos un largo trago a la cerveza, en espera de que los músicos regresen a llenar el rincón que han dejado. Acá, donde cuatro hombres usurpamos el lugar donde solía sentarse el poeta Carlos Dapuente, la nostalgia por la calle se anuncia. Pagamos la cuenta. Salimos a la ciudad, a una tarde nublada que nos favorece. Llueve, y la lluvia bautiza, como siempre, nuestras costumbres. Media cuadra abajo, la música del Taurino todavía nos acompaña. El mundo canta.