Un día cualquiera

Un día cualquiera

19 octubre, 2020 0 Martha Gutiérrez

Soy una empleada. Oficinista pues. Aunque tal vez por la edad, porque conozco a las personas o porque de pronto piensan que debo ser una profesionista para la atención al público, me dicen licenciada, a veces maestra…

A veces ocurre. Alguien dice, comenta o trasmite una frase, una palabra que cambia la jornada rutinaria, como lo modifica un abrazo espontáneo, un beso casi al aire. Aquí en el lugar donde laboro es común ver caras insatisfechas, gente a quien le molesta las oficinas burocráticas y tiene la obligación de acudir por necesidad.

Pero hay días diferentes. Esos que se quedan suspensos para los malos momentos, cuando de manera casi discriminatoria se califica a quien atiende a los solicitantes de servicio sin acreditar un título o certificado de licenciatura, de manera despectiva, queriendo hablar con un profesionista, sin pensar que el conocimiento procede de la experiencia, no del documento. Voy a hablar indebidamente de mí, por no ser relevante, sino únicamente para la anécdota.

Soy una empleada. Oficinista pues. Aunque tal vez por la edad, porque conozco a las personas o porque de pronto piensan que debo ser una profesionista para la atención al público, me dicen licenciada, a veces maestra, mis compañeros doctora corazón, en fin, lo que se dice “meteentodo”. Por eso digo que en las dependencias administrativas se ve de todo. También instantes que alegran.

Resulta que el día de hoy sonó mi celular personal. Sin verificar el número, que nunca lo hago, contesté de inmediato. Una voz de una joven me dice: “Disculpe, es usted Martha?” Después de afirmar, me dice que una tía le dio mi número particular con la recomendación que me contratara para su enlace matrimonial. Yo escuchaba. Luego de una pequeña pausa a la que le di seguimiento verbal para que no pudiera pensar que estaba distraída, me dijo que aproximadamente en un mes y medio se casaría. Me quedé a la espera. ¿Me irá a invitar?, me interrogué a mí misma.

Como el teléfono se quedó en silencio, pregunté: “¿En qué puedo servirle?”. Y me contesta muy segura: “Quiero que usted nos case”. Casi suelto el aparatito del santo susto. Digo yo, me contesto y me pregunto: “¿Cómo?”.

Me pude haber reído, pero no lo hice por la forma tan simple y sencilla como escuché. Entonces, casi por defensa, le dije:

—Pero… ¿No está equivocado su número?

—No, usted casó a mi prima —contestó firmemente aquella voz.

Otra vez casi me ataco. Mínimo me desmayo. ¿Qué hice y cuándo? Bueno, después de la aclaración en la que incluí a mi amiga Lucina Romero, quien hace una ceremonia muy bonita de la Epístola de Melchor Ocampo, asistida por supuesto de un Oficial del Registro Civil, he divulgado esa historia varias veces y he asistido a la ceremonia algunas ocasiones, pues la joven que me habló pensó que yo era la casamentera.

Por fin, después de las explicaciones pertinentes y aclararle que si podía, y tenía disponible una cantidad para incluir en su boda la lectura del casamiento por Lucina, lo hiciera. Porque pues uno piensa casarse una sola vez, aunque falle e independientemente de esos errores de cálculo, los recuerdos quedan para contárselo a los hijos o nietos, cuando todavía le tienen a uno la paciencia para escuchar.

Tal vez quise pensar que estaba un poco desilusionada de mi esclarecimiento intervencionista o por un segundo quise arreglarle la vida y desearle que su casamiento fuera para siempre, como en los cuentos; felices desde el momento en que lo planearon y con amor hasta el final de los tiempos. No quise amargarle la existencia con mis incredulidades y por el hábito que tengo, desde hace años, de dudar de esos teoremas.

Ser escéptica tiene bemoles, como dice el músico. Luego uno se conmueve con la inocencia y la capacidad de candidez de la juventud. O será que eso de la edad tenga que ver con la amargura. Sabe.

Lo único cierto es que me sentí transportada a un buen recuerdo, ligera y feliz. Es bueno trabajar en una oficina en que no siempre hay caras amables y de pronto una llamada, con una ilusión de por medio, lo involucra a uno en la benevolencia de un mundo mejor. Con amor.