Tres poemas

Tres poemas

25 marzo, 2019 0 Zeydel Bernal

Poesía.

Yo tuve

Yo tuve un perro blanco
que se revolcaba en la mugre, recién bañado.
Aquí yo me revuelco en la soledad y me acuerdo de él,
porque una vez, dos, tres o más no estuve sola.

Todos los días olía cosas
y las marcaba con chorritos de orines frescos.
Recuerdo que más tarde pasaba a reconocer su olor.
Culpo a los olores por la nostalgia.
Al maldito cangrejo de la memoria que va,
siempre hacia atrás, a su nitidez.

Era perro, pero le decían como perra: “Bola”.
Iba y venía sin dueño,
porque su dueño hizo mudanza y lo olvidó,
o se les cayó de la carga camino a la nueva casa;
o no aceptaban perros, ni perras ahí,
o lo querían, pero igual no les importó, o sí.

Tal vez, después de tenerlo preso todo el día,
lo dejaron libre y yo entiendo como orfandad:
volver al hogar vacío, cada tarde,
a la espera de voces
que ya no pronuncian más su nombre
porque se lo cambié por el de “Pelos”.

Le corté el pelo a tijeretazos
vi sus ojos mansos, su piel rosada.
Sus dientes perfectos que no me muerden.

Una vez lo dejaron en la azotea
y al llegar del viaje encontraron
los huesos de mangos blancos.
Es pues, como si a pesar de su pelo
flotara en cada río,
como un pequeño barco
que no sabe naufragar.

Por eso, cuando escribo este poema lo recuerdo.
Hay días en que se pierde
y no lo veo regresar y aguardo.

Así camino,
caminamos por los lugares comunes:
el consuelo de la esperanza,
la desesperación del tiempo,
la duda que no baila sola sino conmigo y con cualquiera.

Quizá, la soledad,
es el recuerdo del amor que se nos dio, su añoranza.

Mayo (fragmento V)

Sola como nunca,
gasto luz de estrellas rabiando.
No hay caída dulce para un árbol,
Tú eras un árbol,
un pájaro no cae.

Nos has caído en peso.

Como un cristal esparcido,
hondamente, cortas.

¿A dónde vas?
Ítaca sigue aquí, adelante,
construyendo las preguntas y el silencio.

La tristeza es sólo el vendedor inoportuno
que toca a la puerta y no logra convencernos.

La medium

La ves venir y sabes:
te descubre algo como una hoguera,
voz que arde sin ser incendio.

Tropiezas con ella en el oído
y encuentra en tus ojos
una forma de decir los suyos.

Te escondes, casi escapas
pero ciertas cosas crecen, aletean
y te tiran sobre el papel hasta llegar a ser.

La ves venir, sabes lo que te hace dentro
pero igual caes.

Falta siempre su cuerpo en tus ojos.
Resistirla.