Todo irá bien, todo irá mal

Todo irá bien, todo irá mal

28 mayo, 2021 0 Avelino Gómez

Qué día. Qué día tan soleado nos ha tocado en esta ciudad de cielo y mar. En las calles del puerto la gente va y viene, intentando un discreto saludo a los demás. Seguro pasarán cosas buenas, porque el día llegó con raudales de luz, con el sonido de los barcos que entran a la bahía. Desde el lugar en el que escribo no es ni medio día, pero el orden del mundo parece ir más allá de las dos de la tarde. Todos los periódicos hablan de política, de candidatos, de campañas. Y eso cansa.

Mientras el día sigue su curso yo busco en los periódicos alguna noticia o un artículo sobre cómo le sienta a usted la tranquilidad. Quizá una nota explicando que amaneció de buen humor o que ha reído mucho; que ayer se encontró con un amigo no visto desde hace años; que por fin vio aquella película de la que tanto le hablaron o que alguien, en la calle, lo saludó desde lejos pero con notable alegría. Busco, de titular en titular, las razones que tiene usted para llegar temprano y de buenas al trabajo; la causa por la que pasó toda la mañana tarareando una canción; el motivo por el que hoy se ha puesto su blusa preferida.

¿Dónde habrán puesto los reporteros esa noticia? En qué página del periódico leeré que usted fue a bañarse al mar y se sorprendió de que el agua estuviera tibia. Algo debe decir el periódico del atardecer que ayer contempló mientras sorbía una taza de café. Algo debe.

Qué difícil dedicar este buen día a buscar noticias suyas. He saltado los obituarios y los desplegados de media plana. Pasé de largo las crónicas sobre las catástrofes en países que no conozco; deseché, por reiterativas, las columnas que hablan de políticos; disimulé al ver la fotografía de un cadáver. Todo lo cotidiano sigue ahí: la muerte, la guerra, nuestra rabiosa imbecilidad. Todo está bien y todo está mal, dijera Neruda. Pero ¿qué hay de usted? Verá: hoy tan sólo me dedico a saber y entender cosas de usted. Este es mi trabajo el día de hoy, lo hago con gusto, para tener algo qué decirle (qué escribirle), por lo menos un día a la semana. Para que usted se lea: leerse en uno mismo es leerse en los demás.

Si me contara lo que le pasa, yo escribiría una crónica y le daría un trago de café o tomaríamos una cerveza sentados en una banqueta. También le ofrecería palabras, para que usted haga con ellas lo que quiera. Sé que para muchos las palabras no son necesarias. Espero que para usted sí. Las palabras se pueden cambiar por amigos, fotografías, por un abrazo, por un día soleado o un vaso con agua incluso. Yo aprendí a dar y quitarlas: soy capaz de llenar un cuenco con versos para quienes amo; y también, por puro hartazgo, puedo quitarles la palabra agua y dejarlos en silencio y con sed. Pero ahora esto no viene al caso.

Mire: junte usted la cantidad exacta de sílabas y las podrá canjear por lo que necesite de los demás. Yo tengo aquí unas cuantas palabras que le daré cuando sepa qué hay de nuevo con usted. Porque los periódicos de hoy siguen diciendo que todo irá bien y que todo irá mal. Pero no hablan de cosas suyas.

Y no, yo no me explico entonces por qué el día amaneció con este sol excesivo sobre nuestras cabezas.