Temporal de verano || Martha Gutiérrez

Temporal de verano || Martha Gutiérrez

2 septiembre, 2020 0 Martha Gutiérrez

Los arroyos se convirtieron en ríos y las calles en lagunas. En tres días de lluvia, la ciudad y el puerto, colonias y sectores, comunidades y rancherías, quedaron anegadas e intransitables. Los canales llegaron a sus límites y en algunos lugares parecían estanques. Del Ejido Pancho Villa a Jalipa, por ambas vías, se desgajaron cerros de arena y piedra, como cada año y en cualquier tormenta, y llenaron de cascajo y lodo la carretera, interrumpiéndo el flujo de tráileres y vehículos.

El boulevard Miguel de la Madrid, en el tramo de los casinos a la Marina, se adornó de capacetes y partes de los autos, semejante a un desfile de embarcaciones con ruedas. Los paraderos de camiones urbanos se atestaron de personas empapadas esperando los ansiados transportes públicos y jamás llegaron. Algunas unidades municipales estuvieron apoyando en llevarlos a las zonas más cercanas a los domicilios.

La borrasca, acompañada de fuertes vientos, no permitía ni el uso de paraguas. Muchas personas utilizaron el ingenio y de las bolsas gigantes de las tiendas hicieron un modelo original de impermeable, mucho más eficaz para la protección de la ventisca.

Nadie se preparó. Los vendedores ambulantes cerraron sus toldos acuciados por el viento y, acostumbrados a los chubascos repentinos, esperaron bajo las marquesinas que pasara la racha ciclónica; aunque por las dudas empaquetaron en plástico su mercancía. Hicieron bien, porque el agua fue constante más de cuarenta y ocho horas.

El oleaje hizo su mayor esfuerzo por presumir su trabajo. Se exhibió ante visitantes y turistas que saboreaban las entradas y botanas en terrazas, buscando refugio en el interior de los restaurantes por la tupida llovizna, cómplice de la marea. La música se opacó con el rugido furioso de la resaca que se estrellaba contra las barreras, rejas y bardas, socavando andadores y jardineras.

Desde el Mirador del Valle de Las Garzas se observó cómo fue subiendo el nivel de esa laguna que algunos llaman pantano, y que los ambientalistas pelean como un vaso lacustre de alto valor ecológico. Los testigos, buscando encontrar información temprana, comentaban que era muy buena la captación del diluvio para la restauración del flujo fangoso.

Lo curioso, interesante y nada nuevo, es que los porteños sabemos muy bien en qué puntos ocurren cada año las inundaciones, las marejadas, los desastres, los derrumbes. Lo malo es que no somos expertos en cartografía para resolver el problema. Tampoco las autoridades municipales son responsables, porque los tres años que cuentan para cumplimentar sus programas gubernamentales no les alcanza. Menos los funcionarios estatales, que nos quedan tan lejos e ignoran los naufragios manzanillenses. Con dificultades se apresuran en esos seis años a controlar a la ciudadanía colimense más cercana, en los municipios convenientes al partido político que los arropa.

Pudiésemos pedir milagros, pero con eso de que los Santos también están un poco reacios a las peticiones. Porque primero rogamos que llueva, y luego pedimos que San Isidro Labrador quite el agua y ponga el sol; que el río se secó, San Pancracio no te alejes tanto; que las epidemias nos atacan ¡Señor Jesucristo, cúbrenos con tu Santo Manto! Santa Bárbara, atiende nuestras oraciones; San Judas Tadeo, Defensor de los Casos difíciles y desesperados, que todos los días sean miércoles, aunque llueva; y todo ese tipo de encargos que la Corte Celestial ya no atiende, con tanta competencia religiosa, así que nos tendremos que aguantar y lo que siga.

Usted no salga sin su pata de conejo, con un listón rojo y la herradura en las llaves, persignándose tres veces y con el testamento en la bolsa, por si las dudas.