Sonido de caracola

Sonido de caracola

22 julio, 2019 1 Martha Gutiérrez

En el arrecife se estrella la marejada, para volver en su eterno movimiento a la playa y quien observa se enternece del castigo infinito de esa mole de agua, justificando las veces que se enfurece y destruye, violenta, destructora.

La imagen gira: una población, una isla, la ciudad, un puerto, el mar, siempre el mar en todo y dos cuerpos giran ante el embate del oleaje o de sus propios abrazos, sin desacoplarse, llenando de sal y agua cada partícula, mientras devuelven lo salobre en cada beso; sin testigos, con la noche encubriendo algún obstáculo, sin luna, ni estrellas, pero todo un universo al alcance del amor.

Nuevas emociones se unen en la lectura de esos poemas. No. El poeta no es triste. Es su voz entonando cada verso, con lentitud, sin aspavientos y los asistentes siguen el ritmo en cada latido del corazón. Nadie se mueve y en los rostros el aliento se ha confundido con el sonido imaginario de la lejana resaca. No falta quién se limpia discretamente una gota salada, para no interrumpir, para no perder el hilo inspirado del lector.

En la arena brillan los caracoles, cambian de lugar cuando la ola se desparrama sobre la franja oscura y salen descubriendo sus antenas, atentos a cualquier intruso, temerosos y de pronto se encierran en los recovecos de concha y permanecen unos minutos descansando. Al fondo, en el arrecife se estrella la marejada, para volver en su eterno movimiento a la playa y quien observa se enternece del castigo infinito de esa mole de agua, justificando las veces que se enfurece y destruye, violenta, destructora.

Las palabras siguen guiando a los escuchas hacia donde dicta la rima musicalizada por la modulación del vate. Él sabe lo que lee. Es dueño de la musa. No hay forma de perturbarlo. Se ha convertido en el capitán de la barca, en el faro de brillante rayo, en el dueño del espacio, de un mundo inmensamente perceptivo. No hace falta el silencio para descubrir el suspiro intenso de uno de los asistentes. Tampoco se le reclamó, ni criticó. Todos están embebidos, embobados, concentrados. Nadie se atreve a contestar un teléfono, a removerse en la silla, a abandonar su sitio.

Siete olas se van conjuntando, una tras otra; aumentan el fragor, la altura de la cresta, la invasión en la orilla que la contiene. Se eleva y se deja caer estremecida. Los moluscos buscan refugio en la todavía tibia arenilla. Aunque nada está quieto en la marina, se reconoce al mismo tiempo una rutina, un ensayo repetido millones de veces, miles de año, cientos de costumbres y sin embargo, quienes asisten a la ceremonia cotidiana de esa naturaleza viva, no permanecen insensibles a la demostración de poderío del coloso y reciben la brisa cubriendo su estremecimiento con respeto al planeta que lo contiene.

El hombre guarda silencio. Alguien eleva un aplauso y como si hubiese salido del trance, una sonrisa cubre su semblante y los demás, ordenados, felicitan y se regocijan con la invitación del poeta. Pero alguien sigue percibiendo la caricia de la batiente en el recuerdo de los dos amantes llenos de sal en una noche sin luna.