¿Qué tanto es una vida? | Cuento | Sergio Arnoldo Contreras

¿Qué tanto es una vida? | Cuento | Sergio Arnoldo Contreras

3 agosto, 2020 0 Godú

Sergio Arnoldo Contreras. Escritor colimense, originario del puerto de Manzanillo. Su obra aparece antologada en diversos volúmenes de literatura colimense. Es autor de La garza gris y otro cuentos (2019)

Lo amaba, o mejor dicho, lo amo, porque para el amor no hay tiempo ni espacio, creo que aún vive después de la muerte y yo no tengo por qué preguntarme cuál sería el problema de vivir con amor o sin él, sólo recuerdo las salidas de casa cuando llevaba de comer al cuamil.

Mi madre seguía siendo esa mujer cuyo dolor era no desear un nuevo futuro, ya que todo estaba tan negro para ella y me enfadaba, no la entendía y no la quería entender; pero qué importa, me choca la idea de su quebrantez, esa debilidad en la cara y en la piel, en su mismo carácter.

Mis hermanos Raúl y María son los más grandes, Juan y Paty los chiquillos, y yo, que soy la de en medio tengo que cuidarlos; dar de comer a los animales, atender toda la casa y también a mi padre.

Mi padre era alguien único, recuerdo que salía al cuamil en el “Bonito”, antes de que lo cambiara por la yegua blanca, ésa que al segundo año tuvo un macho que según dijeron era para mi, pero yo no lo quería, a mí me gustaba más el “Bonito”, pero ver a mi padre montado en él paseando en el campo como un señorón. Siempre lo envidiaron porque nuestro rancho era el mejor, el ganado y los caballos tenían mayor aguante que los de ellos, y las fiestas no se diga… los toros y el baile lucían más cuando estaba él ahí. Aunque los de Los Reyes le armaran la bronca, mi padre se defendía con su 38 que trajo del norte. Recuerdo que bebía muchísimo y no se emborrachaba, nomás se ponía colorado. Mi madre le pedía que se fuera a dormir y él nunca le hacía caso, al contrario, se iba a jugar baraja a la casa de mi tía Teodora. Ya cuando quería regresaba a la casa y le hablaba a mi hermana María.

Por la mañana mi madre nos levantaba temprano para preparar el almuerzo, antes de que se fueran a trabajar mi padre y Raúl. Yo me ponía a hacer las tortillas mientras que María molía el nixtamal. Las tortillas me quedaban sabrosas, eso decía mi padre, siempre delgaditas y redondas; él se comía un taco con salsa antes de almorzar. Me daba gusto empezar así el día, no importaba el tener que levantarme tan de mañana.

Mi madre y María se iban con ellos a la parcela, ya fuera para sembrar, echar abono para el maizal o cortar hoja como pastura de los animales. En eso se les iba todo el día. En cambio, yo me dedicaba a lavar la ropa en el río y a los chiquillos los dejaba en el corral para que jugaran.

Enfrente de mi casa vivían las hijas de Simón y de Roque, que me caían bien, aunque a veces se ponían sangronas. Las hijas de mi tía no, porque nunca nos quisieron, con eso de que mi padre nos sacaba a las fiestas del pueblo y a mi tía, con todo y sus dos maridos, ni a El Chirimoyo la llevaban a pasear, mucho menos a El Real.

Me acuerdo que un día mi padre nos llevó al pueblo durante las fiesta de la Virgen, yo estaba chiquilla y mi madre y María traían vestidos nuevos con los que se veían muy bonitas. Ese día mi padre me compró unos zapatos de charol y unas colitas rojas y azules; nos paseamos por la plaza llena de gente, de gritos de los vendedores y tiangueros, pláticas de borrachos, madres que regañaban a los hijos, música de los mariachis y las bandas, coros de la peregrinación y los retumbos de los cohetes. Después de misa nos fuimos deteniendo en todos los puestos: de frutas, dulces, trastes, zapatos, huaraches, telas y montón de chucherías; también nos paramos en el tiro al blanco, donde con el rifle de balines mi padre tumbó todos los venados y yo tiré un pato. Cenamos con Doña Lupe un pozole y tostadas, luego nos metimos al palenque donde se acabó todo el dinero, lo bueno que mi madre ya había comprado unas ollas y jarros, un saco gris y unas coquetas para María. Regresamos al rancho a las cuatro de la mañana. Entre sueños fue cuando escuché llorar a María por primera vez.

Por las tardes, antes de pardear, tomaba el cántaro para ir a traer el agua del pocito que estaba río abajo. Veía a lo lejos el camino y en él a mis padres y mis hermanos que regresaban cansados de la jornada.

Un día en que María se enfermó, me tocó a mi llevar la comida al cuamil; mi madre me dijo que preparara todo temprano porque ella se quedaba a cuidarla. Hice todo lo que pude y me fui con ellos. Recuerdo que se iba a cortar la hoja para la pastura de los animales. Los campos estaban de un amarillo terregoso con algunas manchas verdes en varios lugares de alrededor. Sobresalía el verde oscuro de los robles. Me acuerdo que todavía el sol no pegaba de lleno y los animales se oían bullir desde la mesa donde yo ya me sentía grande. El hecho de estar cerca de mi padre me hacía diferente. Él nos dijo a Raúl y a mí el lugar que nos tocaba para el corte y que en el árbol seco nos juntaríamos a comer luego. A las diez de la mañana me di un respiro y fui a tomar un descanso en el árbol donde quedó la bulinga. Tres tragos pasaron frescos por mi garganta y limpié el sudor de la cara con un paño rojo. Vi que mi padre llegaba en silencio, se refrescó la boca, comentamos poco y se me quedó mirando; qué forma de mirar, no a los ojos ni a la boca sino todo a la vez. Me sonrojé y bajé la vista, él se acercó más, me tomó en sus brazos y me besó, primero con suavidad y luego con urgencia que me hizo recostar en la hierba. Él me besaba y yo lo abrazaba cerrando los ojos, dejándome caer en ese deseo incontenible de sentir dentro algo que me faltaba. Y allí estaba mi padre que me amó con su cuerpo.

¿Cuánto tiempo pude tenerlo para mí? No lo sé. Sólo que mi madre me compadecía y yo en ese momento la odiaba, mi hermana callaba y supe que ya había sido su amante. Los celos me dolían pero olvidaba todo cuando lo veía a él. ¿Puede el amor morir como la gente? Creo que no, yo aún lo amo en cada uno de los hombres que veo y conozco, aunque no sean como él. Ahora el vacío que siento después de su muerte ni Gabriel me lo ha quitado.

Mi madre dice que he quedado marcada para toda la vida y yo le contesto: ¿qué tanto puede ser una vida?