Manzanillo y pandemia | Martha Gutiérrez

Manzanillo y pandemia | Martha Gutiérrez

24 marzo, 2020 0 Martha Gutiérrez

Cuentan que hace muchos años los hombres que llegaban del mar traían una enfermedad muy grave, sangraban de la boca con espumarajos blancos. El agua dulce escaseaba en el Puerto, pero había muchas palmeras cargadas de su fruto y el coco es, además del delicioso líquido, proveedor de un alimento único.

No fue el instinto, sino la necesidad de saciar su hambre y sed. Pronto se dieron cuenta que les mejoraba el malestar intenso del escorbuto y de a poco se aliviaban.

En aquellos tiempos Manzanillo era insalubre. Los mosquitos, zancudos, animales ponzoñosos, epidemias y diversas dolencias alejaban a los visitantes. Solamente los sufridos porteños lograban salir avante de tanta calamidad, curtidos del sol, bañados con la masa salada y alimentados con la variedad de mariscos, pescados y especies marinas.

Así, sobrevivientes de desastres naturales, terremotos, ciclones y huracanes, aunado a la actual industria contaminante, los habitantes de esta bahía se han vuelto inmunes no solo a las enfermedades, sino a los chismes, a las habladurías, a las malas artes y a un sinnúmero de rumores, sean ciertos o inventados.

Mi apá Berna, que era un sabio, decía que “entre más sabes más sufres y entre más tienes más quieres”. Partiendo de estos pronunciamientos irrefutables, es un hecho que si un país en el que nuestros coterráneos sufren discriminaciones y menoscabos a costa de mejorar su economía, intenta controlar al mundo con armas, ataques, guerras y ahora con infecciones graves, es cosa que ni nos va ni nos viene. Se preocupa la estadía de mexicanos que seguro son los únicos que sobrevivirán a la epidemia.

La alarma que ha cundido en la mitad del planeta no es cosa de otro mundo. Un virus fabricado, inducido o fuera del control sanitario de un laboratorio, no puede convertirse en una epidemia mundial, por más que las redes, televisoras, radio o periodismo lo anuncien como el fin de la vida humana.

Una enfermedad virulenta debe, por supuesto, atacarse de la forma más drástica, pero no a costa de formar un caos en el que muchas personas sufrirán escasez alimentaria; niños sin clases escolares y desubicados de su hábitat; compras de pánico que desquebrajarán el patrimonio de los más pobres, descuidos y desabasto en los centros de atención médica y miedo, mucho temor en la humanidad que sale a trabajar y no puede cuidar a sus hijos y debe dejarlos solos en casa.

¿Es válido que esa bola de nieve arrastre en la caída a inocentes? ¿Será creíble y verosímil que los científicos que intentan conocer otros mundos, otro universo y desarrollan armas destructoras que no dejan huella de vida, sean incapaces de concebir una medicina que contrataque una epidemia?

Entonces se deben tomar medidas desde el hogar, aprovechando que muchas dependencias, oficinas, organismos, escuelas, universidades, guarderías harán cuarentena y recurrirse a los remedios caseros. El agua tibia con limón y bicarbonato, el agua fresca de sabores naturales, si es posible cítricos, frutas y verduras, granos y semillas, ensaladas verdes y descanso, una pequeña tregua al trajín diario.

Seguro que de todo lo malo va a resultar algo benéfico. Mínimo la convivencia con sus seres queridos, si es de los que tienen la dicha de quedarse en casa. Si no es posible esta gracia, intente seguir con su rutina sin preocuparse por el contagio. El único que se muere en la víspera, es el pavo.