Oceánida  || Carmen Núñez

Oceánida || Carmen Núñez

8 junio, 2021 0 Carmen Núñez

Palpitando a los ritmos de tu seno

hinchóse en una ola el mar sereno

para hundirte en sus vértigos felinos

Leopoldo Lugones

Mariana comprendió que aquello que más apetecía era estar con él. Llevaba días buscando las razones que la hacían permanecer en ese pueblo costero que le cabía en las manos, y cuando más insoportable se volvía el tedio que rodeaba sus años de juventud, aparecía él con su estridencia habitual.

La caricia total del agua marina en asedio de su cuerpo no tenía comparación con ninguna otra sensación conocida. Así que cuando Gustavo decidió invitarla a la playa pensó que había sido la mejor propuesta que le hubiesen hecho en meses.

Aquel sábado, después de comer, alistó sus cosas. Esperó a que tocaran el timbre para gritarle a su mamá que regresaría tarde. Gustavo la vio abrir la puerta, trató de aparentar la naturalidad que la emoción del esperado encuentro le robaba, pero fue inútil. Una coleta en desorden enmarcaba un rostro de diosa marina al que tenía que rendírsele pleitesía incluso con la mirada. «Será el calor o el aire, pero esos garabatos sobre su cara lucen muy bien» —pensó el joven. 

En el breve trayecto hablaron de cosas intrascendentes: recordaron el material para la práctica del lunes y lo extraño que sonaban los versos leídos en clase de un tal Lugones.

Cuando llegaron, Mariana recordó por qué quería tanto el lugar que la había visto crecer y que alentaba sus sueños de fuga. Allá estaba él con su incesante batir. No lo pensó dos veces. En actitud de broma retó a Gustavo para ver quién llegaría primero al agua, pero éste, que cargaba los enseres de sombra, se limitó a sonreír y a comenzar con el ritual.

Una toalla extendida con amabilidad por el joven puso a salvo los atavíos de la diosa. Sin esperar más tiempo, Mariana se quitó el vestido mientras sus pies adivinaban la cercanía del paraíso.

Caminó a la orilla. Con frescura, el agua mojó sus dedos, tobillos y pantorrillas. Ella avanzó hasta que una ola, más atrevida que la primera, le ofreció la serenidad de regalarse entera a esos labios salobres que, leales y pacientes, la besaban completa.

Nadó sumergida unos metros. Pensó en delfines y en oro. Su cuerpo volaba sobre corrientes frescas y cálidas que recorrían su piel una y otra vez. Gozó la maravilla de estirar los brazos y mover las piernas envuelta en la atemporalidad del agua marina.

Avanzó hasta los límites del primer respiro. Una vez saciado el deseo de mojar su cuerpo, sacó el rostro y, al abrir sus ojos, el horizonte apareció imponente y profundo.

Pronto, los rumores distantes de la orilla le robaron el goce del momento. Recordó que no había ido sola. Volvió la mirada y descubrió bajo una sombrilla una silueta humana que la observaba. Quiso gritarle que había ganado; pero la diosa, extasiada en su oceánica lejanía, sólo hizo un ademán con la mano y siguió jugando con el mar.