Me compré un restaurante

Me compré un restaurante

23 julio, 2020 0 Avelino Gómez

El mozo no sirvió otra mesa que no fuera la mía y el cocinero no sacó del horno otro pan que no fuera el destinado a mi plato. Y ambos —mozo y cocinero— que parecían estrictos y dedicados en su trabajo, fueron solidarios con alguien como yo, que siempre llega a un lugar con ese aire de amargura que no convence a nadie.

Porque ayer hizo mucho calor, y porque la mañana tenía pinta de no tener fin, me compré un restaurante. Uno para mí solo. Con manteles y cubiertos puestos a la mesa. Con mesero y cocinero a la orden. Un restaurante pequeño, con sillas y mesas que miran a la calle. Con una enredadera en el pórtico que matiza la luz solar y cuyas hojas tiritan nomás al sentir la brisa.

El restaurante lo compré sólo por una hora. De las once de la mañana a las doce del día. Ocupé la mesa que está junto un pequeño librero —porque este restaurante, como pocos, tiene una modesta estantería de libros—, y hubiera permitido que otros comensales ocuparan las demás mesas si acaso hubieran llegado a esa misma hora. Porque soy un hombre dispuesto a compartir, incluso con desconocidos, el espacio donde uno come y bebe.

Por lo pronto, decía, este restaurante fue mío durante la hora del almuerzo. El mozo no sirvió otra mesa que no fuera la mía y el cocinero no sacó del horno otro pan que no fuera el destinado a mi plato. Y ambos —mozo y cocinero— que parecían estrictos y dedicados en su trabajo, fueron solidarios con alguien como yo, que siempre llega a un lugar con ese aire de amargura que no convence a nadie.

Y mientras comía pan y queso, pensaba en la primera frase que escribiría de esta crónica en Madrigal, pero también pensaba que, de comprarme en verdad un restaurante, habría de invitar a personas de mi estima que hace tiempo ya no veo. Sólo por el mero gusto de saberlos departiendo, aunque no se conozcan los unos a los otros. Juntarlos a la mesa para que hablen de lo que quieran, mientras comen y beben lo que se les antoje. Imaginé de ellos conversaciones imposibles, divertidas, inteligentes, poéticas.

Fue así que pasé aquella hora de la mañana. Y fue así también que, al terminar mi plato, pagué y di las gracias y hasta luego.
Y al despedirme y cruzar el pórtico para ir a la calle, dejé de ser dueño de ese lugar para ser dueño indiscutible del calor del mediodía.

Entonces me vi en la calle otra vez, sin saber que, en esa mesa junto al librero donde me senté, por la tarde-noche habrían de sentarse tres fotógrafos y un músico para hablar de planes, de proyectos que deben concretarse. Y ellos tampoco habrán de saber que, ese mismo día por la mañana, en la mesa en la que se sentaron en el restaurante, imaginé a personas como ellos teniendo conversaciones imposibles, divertidas, inteligentes y poéticas.