Manzanillo: un puerto de puertas cerradas || Martha Gutiérrez

Manzanillo: un puerto de puertas cerradas || Martha Gutiérrez

19 agosto, 2020 0 Martha Gutiérrez

Recientemente cerró sus puertas el emblemático restaurante La Cantina del Vaquero. Esta es una crónica de puertas que se cierran y de otras que se abren.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando todo era risa y contento, había casas donde se vendía la felicidad. No existían diferencias entre ricos y pobres, jóvenes o viejos, ni blancos ni negros, habitantes locales o extranjeros. Si acaso dependía del pago era para escoger a la mejor, la de moda, la elegida que cobraba seleccionando su clientela.

En ése lugar no existían los celos, ni el egoísmo, mucho menos la exclusividad. Los vinos y la música guiaban los instintos. El horario no era impedimento. Las luces envolvían un ambiente donde la edad se disimulaba con el maquillaje y las lentejuelas y joyas de fantasía llenaban de brillo los cuerpos voluptuosos que recorrían perfumando los salones a la búsqueda del mejor postor.

Al atardecer, la Carrillo Puerto se convertía en un andador colorido de uniformados de todo tipo que caminaban, ligeros, a ese pequeño paraíso donde las caricias se prodigaban. Las bellezas repartían algo parecido al amor. No al de casa. Rutinario, con olor y sabor a comida, a niños, a pasividad. Allá se satisfacía la imaginación; la hombría, a veces paliada con la costumbre, se desataba con palabras que incitaban al pecado, abrazos y besos impracticables en su hogar.

Luego, con la conciencia corroyéndoles el alma, pasaban días resarciendo a la familia de esa noche inconfesable. Un domingo de paseo a la playa; comida de restaurant para que la señora de la casa descanse; juegos con los hijos, regalos y juguetes. El hombre desconocido de una noche loca convertido en hombre respetable. Era la vida exigida por una sociedad puritana e hipócrita. A fin de cuentas del pueblo a la ciudad, del Puerto a las urbes, hay reglas y normas rigiendo la moral.

Lo importante era la experiencia de esas salidas ocasionales. Después, las reuniones con los amigos, en los bares más concurridos, eran lo más placentero de las escapadas nocturnas. En esos espacios dedicados a la libación de bebidas etílicas, se confesaban y presumían, tal vez exagerando, la parranda inolvidable; los detalles acompañados por señas que culminaban en carcajadas de la concurrencia.

El paso del tiempo acumula esos chispazos de alegría. El resplandor en la mirada revive aquéllos momentos, que ahora solo son recuerdos lejanos, en los que poco a poco se han ido opacando los sueños, como los inmuebles que ya no existen o tienen otro giro muy diferente, aunque en la memoria están vivos y se añoran.

El cierre de la Zona Roja es lo más parecido a la decadencia de un pueblo. Todavía quedan los nombres en las paredes descascaradas; en las ventanas y puertas, destruidas por el vandalismo o por falta de mantenimiento, se alcanzan a ver las escalinatas donde las elegantes damiselas bajaban entre aplausos y contoneos. La Zona Roja también tiene sus leyendas macabras por tanta energía guardada, pero esa ya es otra historia.

Los Equipales también corrieron la misma suerte. Los dueños sufrieron pérdidas económicas, luego la vida y no hubo quién continuara con ese emblemático lugar. Manzanillo tenía un auge económico importante con la llegada de los barcos de carga y, desde los comerciantes que surtían hasta los vendedores ambulantes y por supuesto las damas de la noche, eran beneficiados con ese ir y venir porteño.

El Bar Social causó sorpresa en los consuetudinarios que se refugiaban al mediodía en la intimidad y complicidad de Miguel Berra, al cerrar sus puertas y dejar al Puerto cada vez más desierto en lo relacionado con negocios bien cimentados y de arraigo en los vecindarios colindantes.

Aunque en su momento cada uno de los establecimientos reconocidos y bien visitados por diversos estratos sociales dejaron un poco de nostalgia, el que definitivamente es materia de suspiros y pesadumbres es La Cantina del Vaquero. Los años pasaron, los niños crecieron y se continuó la tradición de visitar en fechas especiales el romántico restaurant. Por décadas fue el lugar preferido de turistas y lugareños. Todavía sin reponerse de la pérdida de El Napoli (ubicado en la colonia Bellavista), refugio de los poetas en tiempos de pobreza, en donde Gonzalo, el propietario, invitaba “la caminera” y largas noches de pizza y cerveza a cambio de un rato de confidencias. La decisión del Ingeniero Ballesteros de ya no abrir su establecimiento de Las Brisas nos hizo sentir relegados de nuestros simbólicos sitios preferidos.

Los bares que pululan ahora en todo el municipio son hechos y visitados por y para los jóvenes. La música estridente e ininteligible, las bebidas para paladares duros de dañar; las luces cegadoras; los cientos de cuerpos sin distinguir si son conocidos, desconocidos, amigos o enemigos, son parte de los territorios prohibidos para mayores de cincuenta años.

Viendo bien esta situación y por el lado amable, es mejor no salir de noche. Se puede acudir al mediodía al también reconocido puesto del “Pachuco”, en La Perlita del Centro; a los Mariscos de Héctor, en El Mar de Cortés del Mercado del Valle de Las Garzas y si es de tardecita al pozole del Zurdo; luego a los churros con azúcar de Adán, el de Nely, o las tortas de afuera de El Colonial o las de Don Juan frente al muelle, hoy edificio de estacionamiento de la calle Juárez. O ya definitivamente quedarse en casa a comer frijoles fritos, con café y tortilla dorada, como ahora con la pandemia.