Las nieves de Toronto

Las nieves de Toronto

8 enero, 2019 0 Michel Torres

Me mudé a Canadá. Más exactamente, a Toronto, en la provincia de Ontario. Como llegué durante el verano, parecía, para mi sorpresa, que estaba en una sucursal de Colima, sólo que más ordenada y angloparlante.

1. Aquellas viejas postales de navidad

Dependiendo de dónde estemos situados, siempre y cuando sea dentro de los confines de este bonito país llamado México, cuando pensamos en invierno a menudo vienen a nosotros imágenes de guantes y bufandas, suéteres, chamarras, cobijas y cobertores con estampados sacados de un libro de zoología. Pensamos en tazas de atole o en chocolate o champurrado y su obligado pancito dulce. O, ya entradas las fiestas decembrinas, en el tradicional ponche con o sin piquete.

Como durante más de diez años viví en el ahora ex Distrito Federal, y otros tres años en su vecina la fría Toluca, antes de iniciar otra década de vida en Colima, yo creía sinceramente que conocía el frío. Es más, la única ocasión que subí al Nevado de Toluca recuerdo claramente que debajo de mi ropa llevaba puesta mi pijama y apenas y pude soportar el castigo gélido. Sí, muy bonita vista y todo, pero esa ventisca se cuela hasta en los más escondidos dobleces de la conciencia.

Esas bonitas imágenes extranjeras de paisajes nevados, de cabañas con su chimenea humeante, sus ventanitas iluminadas y la leña debidamente acomodadita en pirámide obediente alimentaban mi fantasía inexperta de que el frío era una bonita temporada llena de reminiscencia y alegría, en la que calcetas gruesas y mangas largas creaban el ambiente ideal para la postal navideña.

2.  La ingenuidad no usa bufanda

Y luego me mudé a Canadá. Más exactamente, a Toronto, en la provincia de Ontario. Como llegué durante el verano, parecía, para mi sorpresa, que estaba en una sucursal de Colima, sólo que más ordenada y angloparlante: el termómetro llegaba a marcar hasta 35 grados centígrados y el sol se ocultaba, como con cierta resignación, hasta pasadas las 9 de la noche. Todo era muy bonito, casi idílico. Ingenua. Para cuando octubre llegó, el viento estaba dejando sentir su presencia tanto y tan violentamente que no podía evitar pensar en el último día de Macondo, cuando el pueblo desapareció levantado por una ventisca que vino a poner fin a la triste historia de todos los Buendía. Para mediados de noviembre se presentó la primera nieve del año. Blanca, discreta, casi tímida, apenas dejó un ligero testimonio de su paso. Y claro, ingenua como seguía siendo, ni siquiera sospechaba todo lo que estaba por venir.

Diciembre me curó para siempre de esa necedad romántica: el frío es un ser maligno, que delega en su secuaz la nieve la misión diabólica de acabar con la humanidad. Claro, toda la nieve llega siempre con su aura mágica e impoluta, cubre de paz y aparente esperanza las calles, los parques, los rincones. Pero conforme avanza el invierno, es incuestionable que la naturaleza preferiría que las personas no nos empeñáramos en habitar ciertas locaciones donde un puñado de persistentes pioneros construyeron sus refugios. Y cuando digo esto, no me refiero solamente a la incomodidad del frío y los daños cosméticos que provoca, hablo de la posibilidad, muy real, de sufrir accidentes serios que resulten en lesiones gravísimas: caídas de transeúntes que no hacen más que tratar de continuar su rutina de la mejor manera posible, vehículos que pierden el control en su marcha y provocan fatalidades no sólo en carreteras importantes, ya que cualquier callecita, por pequeña que sea, es susceptible de volverse una trampa resbaladiza.

3. ¡Lleve, lleve su nieve!

Y no hablemos de la llamada sensación térmica: ese bonito fenómeno en el que, marque el termómetro lo que marque, el efecto real es siempre multiplicado por elementos del medio ambiente: la humedad, el viento y la velocidad con la que sople, por ejemplo. Un día soleado con temperatura de -10 grados centígrados, puede transformarse en un castigo ejemplar al alcanzar hasta -20 grados de sensación térmica. Y el cuerpo lo siente, el cuerpo realmente lo siente.

Además de eso, la nieve en sí misma es persistente y aferrada. Un poco de sol al día cumple la función de derretirla, como es obvio, pero no tanto como para que se evapore y desaparezca. En vez de eso, esa agua, resultado de esas pocas horas de sol, se vuelve a congelar en el piso, a veces logrando la transparencia perfecta que necesita para cobrar las víctimas que desea. Vaya que lo sé.

Y aunque el calendario indique una cosa, el invierno es un señor muy desobediente a quien le gusta alargar sus visitas a pesar de la visible incomodidad que provoca. La primavera, he aprendido en los últimos años, no despierta mágicamente a la Tierra. Así que no es raro que sea hasta finales del mes de abril cuando la pesada y muchas veces incómoda chamarra adecuada para soportar el invierno regrese al armario del cual nadie desea volver a sacarla. Mientras tanto, las calles se van llenando de retratos de la hermana fea de la nieve: la masa de hielo mugroso, derretido y re-congelado una y otra vez a lo largo de cuatro meses, durante los cuales acumuló una extraordinaria colección de colillas de cigarros, guantes y bufandas extraviados, y muchísima basura de muy variada procedencia.

Nada para acabar con la ilusión de la nieve invernal como experimentarla en carne, o mejor dicho piel, propia. Nada para perderle el respeto como verla llenarse de sospechosas manchas de colores raros mientras pasan los días. Por eso, tratándose de nieve, yo prefiero las de mi pueblo. La de guayaba, para ser más específica.