La ciudad te seguirá, poemas de Avelino Gómez

La ciudad te seguirá, poemas de Avelino Gómez

30 mayo, 2019 1 Godú

Distinguido con el Premio Poesía Colima 2018, el poemario La ciudad te seguirá de Avelino Gómez (Manzanillo, Col.) aborda la recuperación del espacio urbano como símbolo de identidad poética de una ciudad que crece a la orilla del mar.

Avelino Gómez. Es autor de El agua y la sal. Poesía (1998); Cuadernos de Tolimán. Poesía (1999 y 2018); Vivir en el puerto. Crónicas (2001); El mal hábito. Poesía (2003); Lumbre de los días,Poesía (2011) y Dichosos como una piedra (2013), novela distinguida con el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manual Altamirano (2012).

La ciudad te seguirá (fragmentos)

1

La Ciudad fue, antes que muelles,
un infantil castillo de arena y lodo.
El mar le trajo noticias, le trajo mundo
y hordas de creyentes y salvajes.
Ibéricos primero, luego germánicos
y neerlandeses que se embriagaban
bajo el Cerro de la Cruz antes de su cruz
y del pálido fulgor que años después
lavaría pecados en el barrio de La Pedregosa.
Música había: nubarrones de insectos
chirriaban su chirimía vegetal
y los acantilados, con fragor, cantaban.
Desesperanza también había:
aromaban el aire abiertas orquídeas de malaria
y nadie tendía caminos
para ir más allá de los pantanos.
Desesperanza debió llamarse la Ciudad
mas el sarcasmo de Dios es infinito.

2

En aquellos días la Ciudad era un lanchón
y seis estibadores amarillos de puro paludismo y borrachera.
Crecía entre los cerros una laguna
que jugaba a ser un mar interno,
con islotes pletóricos de abrojos, culebras y lagartos,
con sus capas de sal acumulándose
en las grietas de aquellos lodazales.
Sal. Mucha sal florecía
y seguirá floreciendo gracias a esta laguna perenne y pestilente.
Belleza había en ese tiempo
y también la hubo cuando llegó Rugendas
a dar constancia que el Reino
era un reverberante paisaje marino,
un espejismo con palmeras tuberosas,
un delirante símbolo al abandono,
                                                            como solitario montículo de sal.

3


El vientre materno fue la playa.
Fue un útero que aventaba semillas, plantas,
secretos de naufragios y carroña.
En la primera Edad Media parió un puñado de marinos
machacados por el escorbuto
que al desembarcar demandaron sexo y perlas.
Como enjambre llegaron, con barbas de colmenas unos,
con ojos entornados por la codicia otros.
Era el año, si bien recuerdo,
en que el Cerro de la Cruz habría de llamarse cerro
y coronarse con signos de tortura
para que la brutalidad se hiciera sin remordimientos.
Fue la playa el vientre materno:
a veces nos daba un prodigio, otras la peste.
Aventaba canciones, peces muertos
y todo el coral del arrecife
como si fuera escupitajo de un tuberculoso.

4


El Túnel fue un agujero negro que se tragó laguna y mar.
Y un día también se tragó a Manuel el Loco antes de estar loco.
Todo un día Manuel vivió en la garganta del Puerto
hasta que el Túnel lo escupió como inesperado esperma.
Dicen que allá adentro lo cogió un tritón, que hizo el amor
con sirenas, bagres, morenas y barracudas.
Dicen que allá abajo escuchó una algazara de mujeres
que adoraban dioses en tálamos de lujuria.
Dicen que Manuel salió del Túnel caminando sobre el agua
y luego se entregó a la vagancia.
Dicen que Manuel fue padre legítimo de todos: el  Cabrón,
el Gentil, el Garrolero. El que regó la simiente sin razón ni juicio.

5


Los gecos son los saurios
en la íntima historia de la Ciudad.
Aquí no fueron creados,
llegaron entre baúles y costales,
ocultos entre el sentimiento
de cada desembarco bien logrado.
Cuijas cenicientas, salamanquesas
que se quedaron en esta orilla
para reinar en techos y paredes.
Para cantar como si besaran
y espantar fantasmas y alacranes.
Los gecos sobreviven
a los huracanes y las pestes
acompañan el insomnio, el duelo.
Son los íntimos saurios,
los últimos, los primeros.
Se quedarán cuando ya todo,
todo, hasta el amor
y la esperanza y las olas se apaguen.
Y en esa soledad, frente
a nuestros cuerpos ya fosilizados,
cantarán como si nos besaran.

6


Hecha de carne fue esta calle:
meretrices y pintarrajeadas se arrumaban
en todas las esquinas
bajo un crepúsculo fosforescente, tibio.
Y marinos y pescadores y garroleros
llegaban con la erección entre las manos
para tomar con rabia, con celo
lo que entonces no comprendían.
Porque se ama lo que no entendemos,
lo que ya jamás entenderemos.
Sólo hubo una certeza:
en La Pedregosa no se escuchaba el aullido
miserable de las naves de Tarsis
Y ahí, con la fiesta y el semen y el menstruo
nos fue creciendo la Ciudad.