La ciudad te seguirá, de Avelino Gómez  | Reseña de Carmen Núñez

La ciudad te seguirá, de Avelino Gómez | Reseña de Carmen Núñez

3 marzo, 2020 0 Carmen Núñez

Reseña

De verso cristalino, con sencillez y contundencia, así construye su universo poético Avelino Gómez Guzmán. Su trabajo literario ha sido reconocido con premios como el Internacional de narrativa Ignacio Manuel Altamirano en 2013, dos ocasiones con mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino (en 1997 y 2002) y, el más reciente, el Premio estatal de Poesía Colima 2018, con el poemario La ciudad te seguirá. Si bien, su trabajo literario ha explorado distintos géneros como la crónica, la novela y la poesía, ha sido ésta última la que evidencia mejor su compromiso estético como forjador apasionado de las palabras.

Desde sus orígenes, los cantos de Avelino han sido fieles partidarios de labrar la naturalidad del lenguaje con la intención de dar constancia de su riqueza expresiva. En esta afanosa tarea, Gómez Guzmán se apropia acertadamente de la cadencia rítmica de los vocablos: sus versos evidencian la vitalidad musical escondida detrás del discurso claro y cotidiano. Por estas razones, el asombro golpea con sorpresa al lector de sus poemas para constatar lo que alguna vez dijo Borges: que la poesía más que novedad, nos ayuda a recordar algo olvidado.

La ciudad te seguirá es un canto de gratitud y resignación. Está dividido en tres apartados: “Códice urbanal”, un poema de largo aliento donde se edifica el puerto, su historia fundacional y el origen de sus habitantes; “Otra vez llovió en Ítaca”, cantos que remiten al deseo del viaje y la imposibilidad por partir; y por último, “Los días y la piedra”, versos que tienen como punto de encuentro el desconsuelo que precede a la ausencia y las certezas que llegan con el dolor. En esta lectura me referiré con mayor ahínco a la primera sección.

“Códice urbanal” es un poema fundacional, una reinterpretación de la historia del puerto de Manzanillo. Tras contemplar las mansas aguas que llegan a la playa, el poeta, como el “tlacuilo” azteca (el que escribe pintando) o el “aedo” griego, toma la voz para cantar la epopeya de la ciudad:

El primer verso llegó por mar

con arena y detritus de caracolas,

entre la marisma y el olor vaginal de las olas

tendidas en la playa de San Pedrito.

Con cada verso, el poeta edifica la ciudad, reconstruye su pasado y le otorga existencia verbal con la intención de trascender en la memoria del universo. La brisa marina que ronda al primer verso llega para volverse imprescindible en las palabras, esa materia de trabajo que en Avelino resiste la herrumbre y ondea ligera en el agua originaria.

Así como el mar regala el primer verso, también éste dará el ritmo al poema. No hay tempestad en la cadencia de las estrofas; su transcurrir tiene movimiento marino de aguas serenas. En la epopeya del puerto se canta la maravilla del lugar con mansedumbre.

Del mar vendrá, además, la dualidad: el bien y el mal, belleza y desconcierto.

La Ciudad fue, antes que muelles,

un infantil castillo de arena y lodo.

El mar le trajo noticias, le trajo mundo

y hordas de creyentes y salvajes.

Sin embargo, en la poesía de Gómez Guzmán bien haríamos en llamarlo “La mar”, porque en sus versos esta entidad es femenina: tiene “olor a vulva de muchacha”, es el vientre materno, el agua amniótica que madura la vida antes de parirla en la playa.

Fue la playa el vientre materno:

a veces nos daba un prodigio, otras la peste.

Aventaba canciones, peces muertos

y todo el coral del arrecife

como si fuera escupitajo de un tuberculoso.

No es como el mar de Lugones que nos presenta en el soneto “Oceánida”: “lleno de urgencias masculinas”, no. En Avelino es “La mar”, como lo es en Rubén Darío, como lo es también en Machado. La mar donde se origina la vida, según también lo postula la ciencia.

Con tono de literatura sagrada, el poeta enumera la belleza primigenia que acontecía en tierras manzanillenses: sonidos, colores, aromas, la flora y la fauna refulgen de presencia en los versos del cantor.

Entonces era como tener la edad del paleolítico:

Había un germen de música primitiva y feroz

en el destello tornasol de los moluscos.

Belleza había. Oro apenas.

Belleza hasta en las casuchas de arquitectura liviana

azotadas por la brisa que soplaba desde las playas

de Salagua y Santo Santiago.

Oro apenas. Y un canto feroz y primitivo

fecundaba los guijarros.

Siguiendo el discurso de la épica antigua, el poeta nos hablará de la llegada del forastero que arriba a estas tierras en busca de riquezas. Anclan españoles, alemanes, holandeses, griegos: marinos que “aprendieron a domesticar la fiebre / para hacerse ricos como nunca lo habrían sido […]”. La virginidad del puerto les brinda, además de riquezas naturales, apetitosos cuerpos para saciar los ímpetus viriles acumulados en el viaje. En ese peregrinaje de culturas, desembarcaron también civilizaciones orientales: barcos de Manila, de Japón y de China que enriquecieron con su elegancia y exotismo la maravilla del puerto. Y en esta mezcla de diversidad cultural se llevó a cabo el crecimiento demográfico de la ciudad.

Otros habitantes menos ambiciosos también aparecen en los versos: papagayos, caimanes, mosquitos, culebras, malaguas, caracoles, iguanas, ballenas; y las reinas de las casas porteñas: las cuijas besuconas, que, a pesar de no ser originarias de las costas mexicanas, han sido adoptadas con cariño y devoción debido a su preferencia culinaria por la carne de mosquito y alacrán. Sobre su gran resistencia a los desastres, el poeta escribe:

Son los íntimos saurios

los últimos, los primeros.

Se quedarán cuando ya todo,

todo, hasta el amor

y la esperanza y las olas se apaguen.

Y en esa soledad, frente

a nuestros cuerpos ya fosilizados,

cantarán como si nos besaran.

La singularidad de las calles que se abrieron paso en la compleja orografía porteña también se vuelca en los versos: el Túnel, la Pedregosa, el Tajo, se vuelven personajes protagónicos de la épica urbana. Su construcción o fundación fueron las batallas que libraron los héroes anónimos y a quienes debemos gratitud los que hoy lo habitamos el puerto. Mediante imágenes poéticas que sintetizan certeramente la historia de los lugares enunciados, el poeta adentra al lector en los misterios de sus calles. Sobre el Tajo escribe:

El Tajo no fue un río. Fue eso:

un tajo, una herida abierta en el cerro

por manos callosas de chinos y nahuatlacas.

Con relación a La Pedregosa menciona:

Un arrecife de carne fue La Pedregosa.

La marisma fundacional

fue la calle abierta al menstruo y al semen,

abierta incluso a la posibilidad de encontrar el amor

en cardúmenes ya diezmados.

[…]

Y ahí, con la fiesta y el semen y el menstruo

nos fue creciendo la Ciudad.

Para contarnos la construcción de El Túnel apunta:

Había que juntar aguas cenagosas de laguna

con vidrio molido de las bahías.

Sofocar la pudrición con las pleamares.

Había que horadar las entrañas del peñasco

quebrar sus entresijos, penetrar la piedra:

una generación entera escarbó

de un lado y del otro hasta encontrarse,

una generación que no fue a ninguna parte.

Al igual que otras ciudades, el puerto tomó su nombre de una peculiaridad: el manzanillo, un árbol venenoso de fronda profusa que abundaba en la zona costera. La mala reputación de su savia tóxica hizo que la gente se deshiciera de estos. En la actualidad, el manzanillo difícilmente irrumpe en el paisaje costero. No fue el árbol del conocimiento, como en el génesis bíblico, pero al igual que éste, generó castigo y desprecio a quienes se refugiaban bajo su sombra.

“Códice urbanal” es el canto primigenio que preserva la historia del puerto de Manzanillo. Canta la ola que lleva el verso, cantan los riscos y las piedras, cantan asimismo los gecos. Una polifonía de voces primitivas que invitan a mirar la ciudad con ojos renovados. Que sean los versos de Kavafis, los que den entrada al texto no es fortuito. Alguien en otra época y en otro puerto le ha dado una certeza oracular al poeta: “La ciudad irá en ti siempre. Volverás a las mismas calles. Y en los mismos barrios llegará tu vejez.” Este puerto fiel y pestilente irá contigo lleno de gratitud.

La ciudad te seguirá. Premio Estatal de Poesía Colima. Avelino Gómez. SCC. 2019. 65 pp.