La edad de las iguanas

La edad de las iguanas

23 octubre, 2018 Desactivado Avelino Gómez

En esta historia caben más de ochocientas iguanas y un hombre. El hombre tiene sesenta años, pero aparenta ser más joven. Las iguanas, en cambio, aparentan tener la edad del mundo.

En esta historia caben más de ochocientas iguanas y un hombre. El hombre tiene sesenta años, pero aparenta ser más joven. Las iguanas, en cambio, aparentan tener la edad del mundo. El hombre se llama Ramón Medina Archundia y alguna vez vivió de reparar autos. Las ochocientas y tantas iguanas son de la especie “Iguana iguana”, o iguana verde común y desde el año 2010 está considerada en riesgo de extinción. Es pues, una especie sujeta a protección especial por parte de las autoridades ambientales mexicanas. El hombre y las iguanas conviven en un terreno de dos mil metros cuadrados, en el que crecen seis frondosos árboles. Haciendo cuentas, entre las ramas de cada uno de los árboles habitan, si se puede decir de tal modo, más de ciento cuarenta animales. Las iguanas casi se desbordan de las copas de los árboles, pero no se van. Ramón Medina Archundia tampoco. Por el contrario, este hombre dice que, aunque las iguanas se han apoderado del terreno en el que solía estar su taller mecánico, él está ahí para aprender de ellas. Y la primera lección que le dieron, asegura Ramón, fue no levantarse de la cama hasta que salga el sol.

Cuando la comida llega

Este lugar, conocido como “Iguanario Archundia”, está ubicado en el puerto de Manzanillo, en un terreno cercano a la ribera de la laguna de Cuyutlán, en una colonia populoso y antigua. Todas las mañanas, después de salir el sol, Ramón abre el portón del predio y se preparara para ir en busca de los 350 kilos de comida diarios que las iguanas requieren. Trepa a su modesta camioneta, acompañado de un hombre que, desde hace tiempo, viene al iguanario a hacer un trabajo voluntario. El recorrido no es largo, apenas unas cuantas cuadras hasta el mercado municipal, donde los comerciantes donan las frutas y las verduras que las iguanas habrán de comer en el día. No son productos del día, pero igual cubren las necesidades nutricionales de estos bichos. Tras recorrer algunos establecimientos del mercado y una horas y media más tarde, Ramón regresa cargando en su camioneta una gigantesca e imposible ensalada: hojas de lechugas, papayas magulladas, pencas de plátanos moteados, sandías rotas, mangos a medio estropear, melones aplastados, tomates pulposos. Y todo esto es puesto en el comedero de las iguanas. Y es así que uno puede verlas, bajando de las ramas de los arboles a toda prisa, atropellándose, cuando la comida llega.

Ramón regresa cargando en su camioneta una gigantesca e imposible ensalada: hojas de lechugas, papayas magulladas, pencas de plátanos moteados, sandías rotas, mangos a medio estropear, melones aplastados, tomates pulposos.

Iguanas como gárgolas

Ramón recuerda que todo empezó hace más de cuarenta años, cuando siendo él un adolescente rescató una iguana destinada a ser el almuerzo de dos jornaleros que trabajaban en la huerta de su abuelo. Curó a la pequeña bestia de sus heridas y la liberó en algún árbol cercano a su casa. A partir de entonces las iguanas irían llegando, y jamás se marcharían. Cuando Ramón formó una familia cada iguana fue más que una mascota. Y cuando instaló su taller mecánico, bajo los frondosos árboles, formó con ellas una curiosa sociedad: las iguanas se asoleaban sobre el capó de los autos, adornaban los muros de la fachada como gárgolas vivientes y vigilaban, desde las copas de los árboles, el ir y venir de los clientes. Con los años, los reptiles llegarían a dominar no sólo los arboles, también ocuparon el predio del taller. Ramón hizo entonces lo que cualquier hombre sensato haría: sacó de ahí herramientas y refacciones y cedió su mundo a las iguanas. Pero todavía hay vestigios de que aquí había un taller. Por el predio se alcanzan a ver llantas y rines y trebejos de mecánico. Junto al tronco de un árbol, medio cubierto con lonas, se encuentra un vehículo que pide a gritos ser reparado. “¿Ves ese carro? Hace meses que lo quiero arreglar, pero las iguanas me demandan mucho tiempo”, me dice Ramón, mientras alza la vista para contemplar una rama que se dobla por el peso de tres iguanas gordas.

Iguanas y políticos

Hoy es domingo. Ramón y su familia se sientan a desayunar bajo un cobertizo, algunas iguanas se acercan, cautelosas. Ramón sabe que no es sano tanta cercanía, por eso suele mantenerlas a raya. Pero a veces es inevitable que alguna de ellas alcance la superficie de la mesa o de una silla y se quede ahí, expectante. Juan, el hijo de Ramón, está ahora en el iguanario. Tiene 33 años y es ya un profesionista. Trabaja para una empresa aduanal en el puerto. Juan me habla de las enfermedades que una iguana puede transmitir a los humanos si no se tienen las medidas higiénicas necesarias. Por eso, me dice, no entiende las razones que tiene la gente para comérselas.

“No tenemos políticos a los que realmente les interese la ecología… con los animales tenemos seguridad, con los políticos no”.

En sus días libres Juan acude al iguanario a ayudar a su padre. Comparte con él los planes de hacer de este sitio un lugar donde la naturaleza recupere totalmente sus dominios. Un sitio donde no haya que darle de comer a las iguanas, sino que ellas mismas se procuren su alimento y tengan espacio suficiente. Y pare ello es necesario ganar más terreno, ampliar los límites de lo que fuera el taller mecánico. Juan habla de proyectos sustentables, de ecología, de economía verdes, de turismo ecológico. En tanto, Ramón refiere que ha hecho varios trámites antes instancias de gobierno para recibir apoyos, capacitación, mejoras. Algunos han cuajado, otro no. Y aquí es cuando habla con la certeza y la autoridad que le dan los cuarenta años de convivir de cerca con la naturaleza: “No tenemos políticos a los que realmente les interese la ecología… con los animales tenemos seguridad, con los políticos no”.

Mil años verdes

Si sumamos la edad promedio de todas las iguanas, nos da como resultado más de mil doscientos años. Un milenio de vida animal habita en este pequeño espacio. De este modo lo pensarían los defensores de la naturaleza. Para otros, cada iguana que aquí habita representa la oportunidad negada de saborear un platillo que forma parte de una costumbre comunitaria. Algunas personas vienen de tanto en tanto a preguntarle a Ramón si acaso vende iguanas para consumo. Los hay quienes buscan su carne para aliviar dolores de cabeza o de muelas, lo que da una idea de la magia que cargan estos animales. Y Ramón Archundia sabe de magia: con mera voluntad y constancia logró hacer que en una zona del viejo Manzanillo, la gente pensara en la ecología, en la naturaleza, en el valor de las especies. Y debido a que el iguanario es una iniciativa ciudadana, apenas cuenta con recursos provenientes de donaciones y apoyos de empresas y comerciantes. Por otro lado, los turistas suelen aportar algunas monedas cada vez que visitan este lugar. El paraíso de la iguana de algún modo se mantiene. Y la gente vuelve una y otra vez, por fortuna, para ver cómo en este lugar hay más de mil años trepados en los árboles.

Cómo llegar: