Hubo un vez

Hubo un vez

8 junio, 2020 0 Martha Gutiérrez

Hoy, por culpa de un asesino, o asesinos, no verá el crecimiento de sus hijas; no podrá acompañarlas en cada momento de sus desvelos, penas, tristezas, de sus miedos. No sabrá prevenirlas o advertirles de quién cuidarse.

Una sola vez escuché a Anel Bueno. Habló de proyectos para su pueblo, Ixtlahuacán. No de promesas. No alcanzó a perder su humildad, su llaneza para expresarse, su ilusión en los logros. Platicó de su vida privada, de cómo había llegado al lugar en el que se encontraba y que había sido como sacarse la lotería. Ella confió. Creyó que por fin habían terminado sus penurias, su lucha para abrirse un camino y que sus pequeñas hijas estuvieran protegidas de las vicisitudes por las que ella pasó.

Hoy, por culpa de un asesino, o asesinos, no verá el crecimiento de sus hijas; no podrá acompañarlas en cada momento de sus desvelos, penas, tristezas, de sus miedos. No sabrá prevenirlas o advertirles de quién cuidarse.

Cuando alguien sufre una pérdida, también se va algo de su vida. O mucho. O todo. Anel dejó en el completo desamparo a su familia. Ella que desde niña trabajó, imaginando un mundo mejor. Ella, a quien la fortuna le dio una probada para arrebatarle de golpe hasta la existencia. Anel, la gestora, la tramitadora de despensas, el ángel de la guarda de los más pobres, la joven diputada que nunca fue política, nos dejó a todos en la orfandad

Hoy a todas las mujeres nos duele su ausencia. Nos sentimos impotentes ante el llanto de sus niñas, de su mamá, de su raza, de su gente. Nos lastima la indiferencia de quienes vieron “el levantón” y bajaron la vista. Nos preocupa la impunidad de sus verdugos, quienes ejecutaron el acto y de quienes lo planearon. Esto fue premeditado. Mientras Anel sonreía sin temor, los homicidas la vigilaban, incitados por los pagos, por el dinero mal habido con el que se les premiaría.

Uno se pregunta: ¿A quién afectó el encumbramiento de la Diputada Francis Anel Bueno Sánchez? ¿Qué pudo haber descubierto la inocente, en su afán de ayudar a su comunidad, a los demás? ¿Quiénes se ostentaron como afectados? ¿Podrán dormir, descansar sin pesadillas? ¿Disfrutarán la retribución por “su trabajo”? ¿Qué corazón endurecieron para matar sin remordimientos?

Hoy nos vestimos de luto, de tristeza, de lamentos. Hoy Anel, la chica pueblerina, la que creció descalza correteando por las calles de tierra de su municipio, la que soñaba con socorrer a las madres solteras, a las desamparadas, a las golpeadas, humilladas, despreciadas. Anel Bueno, que quería ser la voz de las sometidas por la ignorancia. Anel, que cuando se le interrogaba por su desempeño ante sus congéneres, respondía con sencillez que “había muchas cosas que no entendía, por eso quería seguir estudiando”, es un número más en la estadística de violencia del Estado de Colima, la otrora bella y tranquila provincia de la República Mexicana.

Comentan que ya tienen el indicio de algunos involucrados. El periódico habla de homenajes póstumos, de su sepelio, de su última morada. A eso estamos acostumbrados. A seguir protocolos, a que la sociedad acuda con morbo y salir en fotografías, a despotricar (en voz baja) en contra del sistema gubernamental, a señalar (a escondidas) a personajes que pudiesen estar involucrados, acusando a otros y tal vez a continuar la ola violenta porque los muertos ya no hablan y ni quién los defienda.

Pero en Ixtlahuacán, ¿podrán olvidar? ¿Enterrarán también sus sentimientos? ¿Perdonarán? ¿Ayudarán a las huerfanitas? ¿ Esperarán una nueva legisladora? ¿Habrá quien se atreva?

Y nosotros, ¿qué?