Historia de una bicicleta

Historia de una bicicleta

4 junio, 2019 1 Avelino Gómez

Cuando alguien miraba la Windsor allí, arrinconada, se decía para sí que eso ya no era una bicicleta, si no un pedazo de chatarra. Para mí, en cambio, era un tesoro no enterrado y, sobre todo, un símbolo de la relación entre padre e hijo.

Mi padre tenía una bicicleta Windsor, fabricada a finales de los años setentas, que nunca dejó de funcionar. Y digo tenía, porque mi padre murió hace años, después de una larga enfermedad. Y cuando alguien muere, todas las cosas que son de su propiedad ya le son ajenas. Desde que él enfermo, la Windsor permaneció en un rincón de la casa, en esa nebulosa que forma el olvido y la nostalgia. La bicicletas acumuló una capa de polvo que la humedad, en temporadas de lluvia, fue convirtiendo en costra de lodo; los neumáticos se agrietaron; la cadena y la estrella terminaron atascados; y el manubrio, así como el sillín, daban tristeza.

Cuando amigos y visitantes miraba la Windsor allí, en el rincón del patio, se decía para sí que eso ya no era una bicicleta, si no un pedazo de chatarra. Para mí, en cambio, era un tesoro no enterrado y, sobre todo, un símbolo de la relación entre padre e hijo.

Porque, hace tiempo, esa Windsor se metió en un poema que escribí estando lejos de casa. El poema empieza así: “Puede ser, Padre, que esa bicicleta verde no existió/ si no que yo/ todos los días, la soñaba”. El poema es la historia de los recorridos que emprendía con mi padre, siendo yo un niño, a bordo de su bicicleta. En especial del breve viaje que hacíamos, cada mes y medio, rumbo al establecimiento del peluquero. Y ese poema, con más suerte que la propia bicicleta, terminó siendo traducido al francés y al inglés y, más tarde, adoptado por un promotor del ciclismo urbano para ilustrar y sustentar opiniones sobre el tema. Entonces, como muchas otras cosas a las que he renunciado en la vida, un día decidí que ese texto ya no me pertenecía. Pero a la Windsor, en cambio, no pude renunciar.

De cierto modo me asumí propietario de una bicicleta oxidada y rota. Así que un día, frente a los demás hermanos pedí (más bien exigí) que se reconocieran mis derechos como legítimo dueño de la Windsor. Esta acción vergonzosa, debo decirlo, constituyó mi único reclamo como heredero, si es que acaso merecía heredar algo. Y no. No hay dignidad en reclamar una herencia, incluso si tal cosa es un cacharro.

Mi primer intención fue dejar la Windsor tal y como estaba, con sus roturas y daños, con su polvo casi petrificado y su tristeza de objeto cotidiano abandonado abruptamente por su anterior dueño. Quise, con ingenuidad, hacer de ella un memorial, un recordatorio: la pieza de un museo personal y emotivo que no existe. Pero me resistía a pensar que un objeto, un vehículo en todo caso, que mi padre disfrutara durante la mitad de su vida, fuera despojado de su espíritu utilitario para convertirse en algo puramente ornamental.

Mi vocación por tratar de reparar cosas que ya no tienen remedio adquirió entonces un sentido práctico y triunfalista. Así que, desde hace cuatro semanas dedico todo mi tiempo libre para restaurar, con mis propias manos, esa vieja bicicleta. ¿Que qué se yo de reparar bicicletas? Nada, absolutamente nada. Pero siempre ha sido así: emprendo labores que nunca sé por dónde empezar y mucho menos cuándo acabar.

Más o menos por los mismos días en que empecé a meterle mano a la bicicleta me di cuenta, porque pasaba mucho tiempo en el patio dando martillazos, que el sonido de sirenas de ambulancias y de patrullas se ha convertido en parte del ruido cotidiano de esta ciudad. Y que con el ulular de las sirenas llegan noticias de la calle: un hombre fue baleado a la puerta de su casa, frente a su familia; tres jóvenes acribillados dentro de un domicilio; el cuerpo de una mujer apareció en un lote baldío; dos hombres asesinados en plena calle. Noticias de este tipo, sucesos de este calibre.

Y de pronto pienso que debería estar escribiendo sobre lo que nos pasa, lo que nos está sucediendo como colectividad, en lugar de remitirme a una vieja bicicleta. Escribir que el miedo, a veces, nos enmudece; que nos quita la posibilidad de hablar sobre las muertes que no deberían suceder. Decir que no estamos bien, que algo hicimos y seguimos haciendo mal en sociedad. ¿Toleramos la ineficiencia de nuestros gobernantes? ¿Arropamos a políticos deshonestos? ¿Alentamos a los criminales? Pienso en estas preguntas mientras me esfuerzo en quitar tuercas oxidadas de la bicicleta. Y otra vez, aunque no lo quiera, se instala el desánimo en mi vocación al tratar de reparar cosas que ya no tienen remedio.

Ahora mismo, en nuestras ciudades, las calles se han colmado de espectaculares donde se anuncian los políticos. Es tiempo de campañas, de promesas, de elegir gobernantes. Es tiempo también de quitar las tuercas oxidadas que impiden que la sociedad ruede como debería rodar. De reparar cosas que deben tener remedio.