Filias y fobias

Filias y fobias

20 marzo, 2019 0 Carlos de la Peña

Opinión

El precio del poder

Escrutinio público, libertad fragmentada y demás menesteres son algunos de los atenuantes en un mundo político. Quien decide participar, quedará exento de llevar una vida común y corriente, o por lo menos lo más lejana de la normalidad en la más común y vaga de sus acepciones. Así pues, el oficio, arte u profesión a la que llamamos política resulta ser una de las más complicadas y difíciles de entender cuando analizamos su impacto e importancia en la sociedad.

No se puede invertir en bienes raíces porque se presta a desvío de recursos. No se puede escribir en alguna red social porque se presta a una nota tendenciosa. No se puede arrepentir porque se le acusa de falta de seguridad y seriedad. No se puede cambiar de partido político porque corre el riesgo de ser visto como traicionero. ¿Vale la pena? Me parece que sí. La vocación intrínseca de estas personas por servir está en la parte más alta de la pirámide. Que la hayan desprestigiado con malas experiencias es otro tema. El político también debe gozar de la presunción de inocencia. El linchamiento mediático y el control masivo de la población tiende a estar mal encausado. 

Todos los políticos están condenados al desprestigio público, al parecer. Anhelar el día en que llegue el redentor social parece un tanto obtuso y sumamente optimista. Nadie nunca lo ha logrado. Cabe destacar la diferencia entre popularidad y aprobación, pues una se refiere al conocimiento sobre la existencia de alguien y otra a la percepción que tienen sobre el mismo, en base a resultados y/o prejuicios. No es lo mismo. La política es perfectible mas no perfecta.

Tenemos entonces a una sociedad esperanzada con la llegada de alguien que solucione absolutamente todos sus problemas. Desde los de fondo hasta los pertinentemente señalados como superficiales. Muchos lo han intentado, por lo menos en cuanto al hambre y pobreza nos referimos, y el resultado ha sido, una vez mas, desalentador. Quienes tratan de erradicar la pobreza mediante programas sociales son tildados de gobiernos clientelares o asistencialistas.

¿Tienen cabida las sectorizaciones cuando el fin último radica en resolver una necesidad básica de la población? Me parece que no, pues por algo se empieza. Los órganos de control político distan mucho e interesan poco a una población con urgencias de primera necesidad. Detrás de un escritorio todo es criticable, mientras que en una comunidad, con altos índices delictivos o deplorable calidad de vida, lo último que se preguntan es sobre los fines implícitos en la política pública propuesta.

Todo debe tener un sentido. Un hilo conductor. La razón y el propósito por el cual desarrollamos una acción, o dedicamos nuestro tiempo a alguna actividad, lleva implícita una causa. El médico busca mejorar la salud de las personas. El abogado busca que la justicia sea una garantía en la sociedad. El mesero busca que los clientes salgan satisfechos del establecimiento. Entonces ¿qué debe buscar un político? Llegar al poder público para hacer algo positivo desde el mismo. Llegar por llegar es lo mismo que no haber llegado nunca.

El precio del poder es alto. Aun cuando la intención es la mejor, las cosas pueden no salir, y adivinen quién será el único responsable. Me parece que se trata de una tarea conjunta (ciudadanía-gobierno) pero no sólo en lo escrito, sino también en lo práctico. Mil y un discursos van y vienen de actores políticos cuyo único objetivo es perpetuarse en el poder, para beneficio de ellos mismos y de los suyos. Basta y sobra decir que ese no es el fin último de la política. En todo caso, sus esfuerzos deberían estar dirigidos al sector privado o comercial. La política —el arte de servir por excelencia— precisamente esconde, entre líneas, su propósito: servir.