En brazos de la Mujer Maravilla

En brazos de la Mujer Maravilla

7 septiembre, 2020 0 Avelino Gómez

“A este, cuando era niño, lo cargó en brazos la Mujer Maravilla”, dijo el hombre, apoyando su codo contra la mesa y señalando a su hijo. Su hijo se llama Ramón Madrigal, es chef y hoy cumple años, pero nadie en la mesa tenemos la certeza de cuántos cumple. Tal vez sean más de treinta. El padre suelta, dudoso, la posible fecha del nacimiento de su hijo. No sé si acertó, porque en ese instante mi cabeza procesaba las palabras que escuchara un momento antes. ¿De verdad el hombre dijo esa frase?: “A este, cuando era niño, lo cargó en brazos la Mujer Maravilla”.

Para entender qué está pasando en esa mesa —que por cierto es mi mesa de siempre, de mi restaurante de siempre (Madrigal)— hace falta decir que, casi de manera improvisada, nos hemos reunido para compartir un pastel de cumpleaños que el padre de Ramón le ha traído. Cuando se está en la mesa, con más de dos personas, las conversaciones suelen ir por caminos insospechados. A veces alguien se distrae porque la servilleta se cae al piso y es cuando uno escucha, de refilón, frases que parecen no encajar. Como esa: “A este, cuando era niño, lo cargó en brazos la Mujer Maravilla”.

Entre el coro de voces, que celebraban y colmaban de felicitaciones al del cumpleaños, destilé —así como se destila el ron que bebíamos— la voz que pronunció aquello. Por fortuna, el padre de Ramón volvió al tema. Resultó que, hace más de treinta años, el hombre trabajó en una exclusiva casa de la península de Santiago —acá en Manzanillo— donde la actriz Lynda Carter solía tomar vacaciones. Para ese entonces la imagen de Lynda Carter ya estaba, y está todavía, asociada ineludiblemente al personaje de la Mujer Maravilla. Esto debido a la serie producida en la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado, y que durante los años ochenta se transmitía en la televisión mexicana.

Y fue en uno de aquellos días, cuando el padre de Ramón era contratado frecuentemente por extranjeros para hacer trabajos de mantenimiento en casas y embarcaciones, que llevó a su entonces pequeño hijo al trabajo. Allí fue donde Lynda Carter, la Mujer Maravilla que en ningún capítulo de la serie levantó en brazos a un niño, conoció y sentó a Ramón en su regazo. Imagino que debió ser inevitable para la actriz, además de cargarlo en brazos, pellizcar las mejillas de ese niño que, a la postre, se convertiría en chef. Y que, ahora mismo en esa mesa, está comiendo pastel.

Sólo por curiosidad le pregunto a Ramón si acaso se acuerda de ese momento, cuando fue abrazado por la Mujer Maravilla. Y él, atado al Lazo de la Verdad, asiente mientras se lleva otro trozo de pastel a la boca. Y los que estamos sentados al rededor lo miramos, expectantes, como si ese chef estuviera a punto de revelarnos que posee superpoderes. No lo hace. Así que optamos por abordar nuevos temas de plática.

Es indudable que, en ese momento, Lynda Carter estaba en algún lugar, girando y girando hasta convertirse en la Mujer Maravilla a la mitad de un destello. En cambio, los que estábamos sentados en la mesa, girábamos en torno a la felicidad de alguien, celebrando la vida, el presente.