El viento y la marea | Martha Gutiérrez

El viento y la marea | Martha Gutiérrez

29 septiembre, 2020 0 Martha Gutiérrez

“La vejez comienza cuando el recuerdo es más fuerte que la esperanza”.-

Proverbio Hindú

A veces el tiempo se vuelve lento, desesperadamente vacío y las lecturas no son suficientes, ni la compañía, ni siquiera el consuelo del descanso nocturno. La opción de perder minutos u horas en algún programa o película en la televisión sería suficiente si la mente captara lo que pasa en la pantalla. Pero es como ver una radiografía. Más allá de las imágenes está presente el extrañamiento, lo inexplicable, lo inevitable.

Como siempre pasa. El sentido intenta encontrar en el pasado los buenos momentos, los festejos y risas; los abrazos y besos; el amor y el afecto. La tregua otorga momentos de consuelo, a sabiendas que no durará y antes de lo pensado ya está el resabio arañando el subconsciente.

Frases, líneas, letras y signos que no dicen nada. Lo cierto es la angustia, la pérdida inaceptable de una parte de uno mismo y la impotencia de saber que no hay motivo de coraje, ni reclamo. Resignación dicen.

Inútilmente recurro a la memoria para ocuparme del quehacer pendiente. Pienso en las telarañas del techo, en el polvo de los libros, en el montón de ropa por doblar o de lavar, en la cocina que guarda la grasa en los estantes y mil detalles que pueden hacer olvidar lo más difícil. La indolencia convertida en pereza es más fuerte y me obliga a permanecer quieta y alejada de cualquier mal consejo que remuerda la conciencia.

Convencida que es mejor aceptar la limitación de mi apatía, a paso lento, pidiendo permiso a un pie para mover el otro, arrastrando la cobija, dijera mi abuelita, voy a la estufa donde está una ollita negra de tantas hervidas sin lavar, con un brebaje oscuro y aroma a canela, que solo vaciarla a la taza me levanta el ánimo y me inspira a seguir luchando en contra de este anochecer lluvioso y frío.

Mientras doy gracias mil veces porque no hay nadie que me vea con ojos de conmiseración y pena, me arrebujo entre la silla mecedora y la colcha mugrosa de Santi, mi pequeño nieto, para ver pasar por el frente de la casa el arroyo desbordado con los últimas aguaceros y preocuparme por sucesos importantes. Como los cambios climáticos, los terremotos, el deshielo en el Ártico, las pandemias, los nombramientos gubernamentales dedicados a lo mismo y que esa desazón que me atosiga quede en los últimos términos del pensamiento, en lo más recóndito del corazón, en lo más íntimo del cuerpo.

Sin embargo parece que coordinar la razón con el sentimiento es lo más alejado de la realidad. Todas las tentativas de distracción fallan. Todas. Ni porque me aboqué a planear el menú de otro día, de trasladar mi desgana al refrigerador para ver la existencia de insumos; abrí la puerta y con la tenue luz del foquito interior iluminando la escasa verdura, la olla de los frijoles y una salsa de jitomate, el mundo giró a otra época, a otro espacio de cantos, sueños y promesas.

Desistí en ese momento de la inutilidad del esfuerzo que no prospera. Todo esto también pasará. Esta sentencia que alguien aconsejó utilizar en los ratos difíciles llega como la brisa refrescando por las rendijas de la puerta. Entonces, sentí que era una señal del destino, a quien todos recurrimos cuando no hay más remedio en el mal y me dejé llevar por todas las evocaciones, la nostalgia, la mansedumbre de la piedad para mi pena y la alegría de que, contra viento y marea, el mundo sigue girando y la vida siempre superará a la muerte.

Créditos: Fotografía de Israel Canales