¿El renacimiento en Manzanillo? | Martha Gutiérrez

¿El renacimiento en Manzanillo? | Martha Gutiérrez

29 abril, 2020 0 Martha Gutiérrez

Los colores iban llenando de vida los cerros del puerto de Manzanillo. Figuras de colores en las largas escalinatas de los sectores acreditaban el trabajo que tenía encantados a los vecinos, a los que ilusionan las dádivas, un incentivo en sus rutinas, una visita en los rincones más altos de las colinas. Hay fotografías que lo prueban.

De pronto todo se paralizó cuando llegó “la enfermedad”. A esconderse. Cubrirse. Disfrazarse. Quedarse en casa, enclaustrados. No importaron las discordias, los problemas, las desavenencias. Ahora todo quedaba en segundo término. Lo importante era pasar una cuarentena bajo la vigilancia de aquellos que descuidan las calles, que no saben que la inseguridad es más grande que un virus: los asesinados diariamente, los desaparecidos.

Nadie se enteró de los esqueletos que encontraron cuando ya era imposible reconocer su fisonomía en parcelas sin dueño y que por “pura casualidad” alguien descubrió entre la tierra el primer cráneo, hasta que se cansaron de hacer hoyos en el terreno, porque en cada excavación sacaban huesos humanos, sin nombre, ni apellido, ni familiares o amigos que los reconocieran.

Años de colocar retratos en periódicos, en alerta ámbar, en volantes callejeros y en donde pudieran mostrar el dolor de la ausencia de un ser querido, de alguien que un día salió sonriente, despidiéndose sin saber que era para siempre y que quizá, puede ser, sean algunos de esos cadáveres anónimos enterrados en despoblado y de quienes nunca tendrán una filiación definida para reclamarlos. Mientras la esperanza los mantiene recorriendo caminos, pidiendo ayuda a sordos funcionarios, solicitando milagros y siempre, siempre a la espera.

El parteaguas que suscitó la declaratoria de una pandemia mundial logró una tregua entre los afectados por la violencia y un gobierno renuente a buscar soluciones. A fin de cuentas el dolor personal podía esperar. Así hay gente. Faltos de egoísmo y de intereses económicos, se plegaron a las peticiones de los que declararon el riesgo planetario y reduciendo (los más) sus raquíticos ingresos y su de por sí inestable situación económica, se sujetaron al encierro, a creer atentos en las noticias televisivas, periodísticas o celulares que los iban guiando del miedo al pánico de su endeble salud física y mental.

Dicen que el mundo va a cambiar. Que todo será diferente y los que sobrevivan al cataclismo de un contagio universal serán mejores personas; comentan los expertos que el cielo se está limpiando de contaminantes; señalan los conocedores que las aguas de lagunas, ríos y océanos se están regenerando; declaran los observadores que los animales marinos y fauna salvaje salen a reconocer su hábitat natural sin miedo. Es bueno escuchar tanto optimismo. Lo malo es que uno es incrédulo y pesimista. O está cansado de creer.