El mar | Martha Gutiérrez

El mar | Martha Gutiérrez

6 abril, 2020 0 Martha Gutiérrez

Hoy es día de dar las gracias. Gracias. Porque nacer y morir en el mismo lugar es bueno. No podría ser en otra parte y como dice la canción, si por alguna razón muero lejos de aquí, que me regresen acá.

Así hay días. Unos buenos, otros malos, otros peores. Nos asustamos de las enfermedades anunciadas, de los pronósticos, de la muerte, sin darnos cuenta que desde hace mucho tiempo se ha comenzado a dejar de vivir. El laberinto en que se ha convertido la existencia nos impide observar lo bello de cada minuto. La luz eléctrica nos impide ver más allá de una mirada, como estrella fugaz. Los problemas y el estrés inhiben las sonrisas y dificultan encontrar una solución. La angustia cierra las puertas al entendimiento y todo lo que sucede alrededor nos atrapa, como la telaraña a la mosca.

Pero en el Puerto existe un aliciente: la inmensidad de agua salada que nos rodea. El ente amoroso que arropa a los amantes y les enseña que sí existe el parasiempre. El gigante que no duerme, ni descansa, pero nos regala el silencio o el estruendo, la suavidad de las olas o el rugido de sus embates, el rumor de su monólogo y el alimento de sus entrañas.

Nuestro mar. El que guarda recuerdos y secretos. El que mantiene la estabilidad en un planeta que no cuidamos. El extraño que nos atemoriza en las noches de tormenta. El amigo que nos borra las lágrimas, las enjuga y disimula con la sal intensa de su propio llanto. Uno solamente deja un poco de su corazón. Escasamente una huella.

En su elemento se alivian padecimientos crónicos, se curan tristezas del alma y del espíritu, se reblandece la aspereza de la piel y se curte la debilidad de los suspiros. Las marejadas acomodan las dunas donde se esconden tesoros y jamás serán recuperados.

Y uno lo ve siempre, resbalando la contemplación por encima de sus embarcaciones, porque no tenemos el tiempo necesario para decirle gracias. Gracias, porque nos libra con su fuerte sabor y olor de las epidemias, de la nostalgia, de las ausencias; ese peregrino que nos enseña con su ir y venir que algún día todo retorna, que no hay problema que no se resuelva con un atardecer solitario en el que nos sentimos únicos, indispensables e indisolubles.

La constante brisa nos muestra el camino a seguir, quizá sin variantes, aunque confortados por ese manto colosal de color azul plumbago, con miles de brillantes emulando las estrellas y sin el desaliento a que nos obliga la incomunicación, la añoranza, la desilusión.

Usted observe bien. No aleje el atisbo encubierto y encontrará a esa pareja que no disimula el amor. Él es un poeta, se nota, porque ha tatuado en el cuerpo de ella un poema interminable e inolvidable. Tal vez no logren traspasar el oleaje que los anima a no soltar el abrazo; quizá no tengan un futuro en el que conjuguen fronteras complicadas en un mundo que juzga y condena; que discrimina y amarga; los impedimentos que vienen desde un mundo millones de veces reproducido en el rencor y la envidia, los celos y la incapacidad de amar.

Por encima de todo, de lo malo, lo bueno y lo peor, hay que dar las gracias. Gracias.