El Llano Grande de Juan Rulfo

El Llano Grande de Juan Rulfo

30 octubre, 2018 0 Godú

El turismo literario ha encontrado en el Llano su mejor tierra para germinar, crecer y florecer. Los lectores de Rulfo vienen para saber más de Comala, para buscar la hacienda de la Media Luna y para reencontrarse en la realidad con el paisaje que se describe en los cuentos de El llano en llamas y Pedro Páramo.

#ElLlanoenLlamas

“¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?” Estas dos preguntas se las hace el personaje de “Nos han dado la tierra”, uno de los cuentos emblemáticos de Juan Rulfo. El Llano Grande, como lo conocen los lugareños, es un territorio único en la región del sur de Jalisco. Es, también, un escenario que fluctúa entre lo imaginario y lo ficticio y donde transcurren todas las historias de la obra de Rulfo.

Geográficamente, el Llano es una planicie distribuida entre los municipios de Zapotitlán de Vadillo, Tolimán, San Gabriel, Tonaya y Tuxcacuesco, con un microclima distinto y distante al que tiene la Sierra de Amula, región que colinda con el Llano. Con una vegetación chaparra y escasa, este paisaje fue inspiración y motivo de una obra literaria tan mexicana como universal.

En temporada de secas, que abarca entre siete y ocho meses del año, el paisaje es de un color ceniciento. Sopla un viento seco que levanta el escaso polvo que puede haber en la superficie del tepatate.

La gente de por aquí dice que sólo hay dos estaciones: la de secas y la de lluvias. En temporada de secas, que abarca entre siete y ocho meses del año, el paisaje es de un color ceniciento. Sopla un viento seco que levanta el escaso polvo que puede haber en la superficie del tepatate. El único verdor descansa en los cactos y en alguna que otra rama de huizache (unos arbustos enanos, espinosos y que no saben dar sombra). Durante los meses de lluvia, el Llano se levanta como un muerto resucitado: crecen y florecen plantas que habrán de morir tres o cuatro meses después, los animales rastreros se animan a mostrarse entre los senderos y el paisaje adquiere un tímido color festivo. La gente que habita los pueblos del Llano se parecen en algo a este paisaje. Parcos, reticentes al hablar, a veces eufóricos, a veces indiferentes. Así como los personajes rulfianos.

Durante los meses de lluvia, el Llano se levanta como un muerto resucitado: crecen y florecen plantas que habrán de morir tres o cuatro meses después, los animales rastreros se animan a mostrarse entre los senderos y el paisaje adquiere un tímido color festivo.

El Llano en Llamas, el volumen de cuentos que Juan Rulfo publicara en 1953, se convirtió a la postre en un imán que atrae aquí a toda clase de turistas. El turismo literario ha encontrado en el Llano su mejor tierra para germinar, crecer y florecer. Los lectores de Rulfo vienen para saber más de Comala, para buscar la hacienda de la Media Luna y para reencontrarse con el paisaje que Rulfo describió.

Entre los pueblos que comparten la región del Llano, uno de los más visitados es San Gabriel, que se disputa con Sayula el reconocimiento de ser el lugar donde nació Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Los gabrielenses aseguran que Juan Rulfo nació aquí y que, por azares del destino, fue registrado en Sayula. Los sayulenses, también con derecho, juran que el escritor nació y se crió en una una de esas típicas casas que adornan las calles de su ciudad. El misterio rulfiano persiste.

Entre lo pueblos que comparten la región del Llano, uno de los más visitados es San Gabriel, que se disputa con Sayula el reconocimiento de ser el lugar donde nació Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno.

En tanto se resuelve esa vieja disputa, los viajantes que llegan al llano no pueden sino admirar la parquedad del paisaje y sentirse parte de un mundo que transita entre lo real y lo imaginario. El llano siempre arde.