El litoral || Martha Gutiérrez

El litoral || Martha Gutiérrez

29 julio, 2020 0 Martha Gutiérrez

Crónica

Quizá nadie haya notado, o tenga temor de expresarlo, pero Manzanillo se ha convertido en un caracol. Sin necesidad de acercarse, desde cualquier parte se escucha el rumor, sordo, profundo de su queja. Sube como la bruma después de la lluvia y desasosiega a los que encuentra en su camino. Lo sé de cierto. Se pega en la piel, en los poros de todo el cuerpo, en la misma respiración. Aturde, cansa.

Por encima del ruido y estruendo de automotores, voces, cuchicheos, música y distracciones normales de la nueva vida, desde un abismo inmenso, se eleva a un decibel perceptible y extrañamente aturdidores

No es nada nuevo. El Puerto, antes que Ciudad, era dueño indiscutible de cada ensenada y marina, cerros y montañas que rodean este pedazo de tierra. La gente disfrutaba de su producto y él ofrecía a manos llenas todos los seres vivos de sus entrañas. La riqueza no era importante, ni valía la pena la envidia de poseer. Era pródigo en sus aguas, en el monótono arrullo de su oleaje, en la suavidad de la arena masajeando los cuerpos confiados, embelesados con su escarceo.

Era una fiesta cada día. Las obligaciones mínimas en el trabajo, en el hogar, en este pequeño mundo, se cumplían con la precisión de dormir y despertar. Con respirar y ver. Con amar.

Dicen y repiten que nada es para siempre. El mar sí. Por eso se extraña. Algo le hace falta y su lenguaje es ininteligible. O será que se ha ido perdiendo la sensibilidad, la atención, el afecto a lo que nos rodea. A lo natural, a lo simple.

Inmersos en las tecnologías, en un planeta dividido en colores, marcado con diferencias monetarias, separado con muros e idiomas, es raro que alguien vea las estrellas, se emocione con una luna llena, agradezca el aire limpio y conozca la felicidad en hundir los pies desnudos en un arroyo y una ridiculez, una cursilería, como estremecerse ante la presencia del amado.

Era una fiesta cada día. Las obligaciones mínimas en el trabajo, en el hogar, en este pequeño mundo, se cumplían con la precisión de dormir y despertar. Con respirar y ver. Con amar.

Tal vez ese ente intenta defender lo suyo; no sería descabellado sentirnos resguardados con su rudeza, con su imponencia. Estamos acostumbrados a sus permutaciones; adaptarnos a esas corrientes, ahora delicada, ahora violenta. Pero nunca desprotegidos.

En la bahía las barcas continúan siendo guarida de las aves. Sus dueños no han regresado desde hace tiempo. Ellas esperan la ración diaria de alimento, sin necesidad de perseguirlo. Pacientes, levantan las alas, sacudiendo la pereza o abanicando el calor abrasador del medio día. Pero rebasa el atardecer y el hambre las obliga a elevarse, a buscar la mancha de sardinas o peces pequeños que habitan cerca del muelle. No tardan mucho en volver a su lugar de vigilia, desacostumbrados a esa ausencia, al olvido. Se atreven a piar a clamar con alaridos la deserción de la gente que los sustentaba.

No alcanzan a visualizar desde los maderamen a los pescadores sentados en las sillas de las terrazas, sin volver la mirada para evitar la pena o el temor de lo desconocido. Del recelo a los comentarios, a las malas interpretaciones de los compañeros, de las burlas posteriores a que pase la racha de malaventura que los acecha, del tiempo que están perdiendo sin llevar el sustento a su casa. El regreso con más cansancio al hogar hundido en la oscuridad, porque no esperan como antes la llegada con el bote rebosante de pescados limpios, listos para guisar y para la venta que complementa el pago para los servicios, para algún antojito de los niños, para las sandalias de la señora remendadas con los hilos sobrantes de la red de pesca, los shorts de los pequeños sin resorte, anudados como pueden para sostener su estómago vacío.

No hay risas, ni abrazos para su retorno. Arrastran los pies con cuidado para no hacer ruido, a sabiendas que tanto su mujer como sus hijos, guardan quietud por ellos, los hombres del mar, por su tristeza, porque la crisis angustia a toda la familia, llevándose la alegría y los juegos de cada noche.

Pensando en ese aviso, en esa llamada de atención, en el comportamiento inusitado de los que conocen sus aguas, su marina, sus cerros y montañas, sus ensenadas y reconocen la diferencia: hay miedo, más que a los ciclones, más que a los temblores y a los incendios frecuentes de los cerros. Más que al desamor. Más que al silencio y a la ausencia. Más.