El cliente y la razón

El cliente y la razón

17 agosto, 2020 0 Avelino Gómez

Hace unos días, el chef Enrique Olvera (Pujol), escribió un artículo donde puso en duda esa idea absurda de que el cliente siempre tiene la razón. Sobre todo, Olvera espulgó ese segmento de cliente que llegan a un establecimiento mostrando su complejo de superioridad, mismo que lo hace pensar en sus palabras como si fueran órdenes.

Bebí cuatro cervezas y pagué dos. Envuelto en la noche calurosa y plagada de mosquitos, quise saber lo que se siente ser un cretino en mi propio restaurante. Porque, quizás no lo sepa, pero soy dueño literario de un restaurante o, más preciso, de la mesa de un restaurante. Y la obligación de quien escribe es ser todo y vivirlo todo, y luego contarlo y enmarcarlo en una página en blanco. Y por eso, esa noche decidí ser un necio de primer orden. Saber cómo piensa y qué siente el cliente que cree tener la razón; poner en duda el valor de lo que sirven en la mesa o regatear la cuenta sólo para creer que se tiene la última palabra. Así que bebí cuatro cervezas y pagué dos.

Hace unos días, el chef Enrique Olvera (Pujol), escribió un artículo donde puso en duda esa idea absurda de que el cliente siempre tiene la razón. Sobre todo, Olvera espulgó ese segmento de cliente que llegan a un establecimiento mostrando su complejo de superioridad, mismo que lo hace pensar en sus palabras como si fueran órdenes. Actitud que, desde luego, pone en riesgo el orden natural y armónico que reina en la mesa del restaurante, del platillo y del servicio que allí se ofrece.

Con ese idea del cliente y la razón, pasé un buen rato sentado a la mesa. Conversé largo y tendido con el verdadero dueño del restaurante. Hablamos un poco de todo: tal si la charla fuera una tabla de quesos y fiambres por degustar. De vinos, tabaco, infancias; de orgullo, egos, encuentros, despedidas.

En algún momento de la noche, la ciudad arrojó a las mesas de ese restaurante a dos chicas. Sonrientes y hermosas como sólo ellas. Pidieron la carta. El mozo, servicial y atento, las atendió como si atendiera a alguien en su propia casa. Y ellas cenaron, con verdadero gusto, compartiendo una ración de espagueti a la boloñesa. Esa gente también me agrada. La que come y comparte lo que hay servido en su propio plato. Las ví contentas en ese lugar, olvidándose por ratos que en el mundo hay una pandemia. Cenaron con calma, con la certeza de que ahora ya no hay prisa para nada. Y luego otra vez salieron a la noche, a las calles de esta ciudad marítima que jamás nos abandona.

Entonces yo también pedí la cuenta. Y el mozo, que ya conozco y me conoce, lanzó al aire un número que yo atrapé al vuelo y desplumé impunemente. No fueron cuatro, fueron dos, le dije. Y el mozo me miró con azoro, con temor de que yo no estaba en mis cabales. Y sin embargo poco discutió, y me dió la razón. Nomás por no disentir, por rehuir a una situación a la que, sin duda, muchas veces se ha enfrentado. Y yo comprendí que se necesita ser un verdadero caradura para mirar la expresión del otro cuando uno mismo sabe que no tiene la razón.

No, el cliente no siempre tiene la razón. En contadas y específicas ocasiones la puede tener. En un lugar donde se come y se bebe, no hay necesidad de defender, encarnizadamente, dislocadas razones que en la vida no vendrán al caso. El placer de comer y beber, de sentarse a una mesa que alguien atiende, es también una aceptación de lo que ofrece la vida misma. Y no hay razón que contradiga a los placeres cuando uno los acepta y está dispuesto a pagar por ellos. Así que, ponga esa idea en un plato y aderécela a su gusto.