Crónicas de Barcelona || Fábio Luiz Da Fonseca

Crónicas de Barcelona || Fábio Luiz Da Fonseca

5 enero, 2021 0 Godú

¿Qué hace un inmigrante brasileño en una España aquejada por la pandemia y el distanciamiento social? Tratar de sobrevivir a toda costa, pese al paro y los toques de queda. En su crónica, Fábio Luiz Da Fonseca captura —mientras entrega pedidos en su bicicleta— una tarde y una noche invernal en las calles de Barcelona.

Entrega

Por: Fábio Luiz Da Fonseca

La rueda de la bici va aplastando las hojas secas sobre la acera haciendo un ruido intermitente. Cruzo caminos con variadas bicis y mochilas amarillas, verdes, azules, anaranjadas. La respiración por debajo de la mascarilla empaña mis anteojos. Tiro la mascarilla hacia bajo y aprovecho para soplar un poco de aire caliente en la mano que ya está dura por el frío.
El celular avisa: ¡un pedido!

Doy media vuelta en dirección al restaurante. Llego a la puerta. Me bajo de la bici. Un señor paquistaní llega casi al mismo momento con su mochila en la espalda.
—¡Buenas noches hermano! ¿Cómo estás?
—¡Bien! —respondo— ¿y tú? ¿Empezaste ahora?
—Sí, acabo de empezar.
Me giro y recojo dos bolsos de papel. El humo que escapa de dentro parece avivarse al encontrar el aire frío de la calle.
—Uh! ¿Dos entregas? ¡Qué bien!
—Sí hermano, tuve suerte. —Guardo los paquetes en mi mochila.
—¡Que te vaya bien!
—A ti también, hermano, ¡que tengas suerte tú también!

Pongo la mochila en la espalda, le miro a los ojos y descifro una sonrisa bajo su mascarilla. La bici arranca otra vez. Cruzo una calle, desvío de una chica con un carrito de bebé, llego a la ciclovía. En el celular miro la dirección, cuento las calles; la quinta a la izquierda. Llego, toco el timbre. —Entrega.— Me abre. Subo la escalera. Entrego. —¡Gracias!

En la calle hay ya pocos autos, el semáforo se abre, veo una secuencia de verdes, —¡Onda verde!— Verde, verde, verde, verde. Doblo la esquina, toco el timbre.
—¡Entrega!
—Puedes dejarlo en el ascensor si quieres.
—Gracias amigo, gracias.
Llamo el ascensor, pongo el paquete dentro, aprieto el cuatro.

De vuelta a la calle. La rutina. Pedido, entrega, pedido, entrega, pedido. El chico magrebí me deja un euro de propina:
—Disculpa, no tenía más.
—¡Muchas gracias, hermano!

Me sale un pedido en Pedralbes. A subir la sierra. A través de un balcón escucho chicas cantando una canción ochentera en el karaoke.    
Las calles se vacían progresivamente. Al lado del Hospital de Barcelona el tram pasa pitando.  Dentro va gente con aire cansado.
Doblo la esquina.
Tres chicos animados cruzan la calle. Uno se aleja del grupo y me para.

—¡Oye! ¿Hasta qué hora trabajáis?

—Hasta las once. Hasta las diez y media podéis pedir.

—¿Y entregáis también cena?

—Sí, claro.

—¿Y puedo yo pedir un pastel de cumpleaños?

—Sí, claro.

—¿Y cómo lo hago? ¿Te pido a ti?

—No, pídelo en la aplicación y te lo envían.

—¡Gracias! Lo pediré. Te veo en un rato.

Le saludo, sabiendo que probablemente vendrá otro a entregar su pedido. Antes de pasar por la puerta con sus compañeros, se gira y lo vuelve a decir:

—Nos vemos en un rato.

Cruza el umbral sonriente.

Sonrío yo también contestándole.

—Ojalá.

Subo la calle.

Un señor medio metido en un conteiner de basura busca algo que pueda comer.
Subo más. No encuentro el número. Más pijos son, más se esconden, pienso.

Encuentro el número. Toco el timbre. —¡Entrega!
Subo la bici por las escaleras del jardín. Llamo el ascensor. Entro, no está el botón ocho, solo impares.

Salgo, llamo el otro. Ahora sí, ocho. Una señora con cara de pocos amigos abre la puerta. —Merci.

Me voy. Tiro para el este. Ya me conviene estar cerca de mi barrio. Hay toque de queda.

Bajo por una avenida ancha.

El semáforo se pone rojo. Miro al lado. En un enorme e iluminado salón de fiestas vacío, cinco personas juegan al futbolín con excitación. Me pongo a mirarles. ¿Quién gana? Todos, supongo.

Verde. Arranco.

Me suena el celular. Pedido.

Llego a la puerta de la hamburguesería. Hay siete entregadores esperando. Dos venezolanos comentan que los clientes ya empiezan a llamar para reclamar demora. La chica desde adentro viene hacia la ventanilla y anuncia un par de números. Ninguno de los nuestros.

Espero. Ahora somos doce esperando.

Un chico desde afuera va hacia la ventanilla y dice querer hacer una sugerencia a los funcionarios. Desde dentro uno grita que está haciendo su trabajo. Gritan los dos, se calientan, se insultan.

—¡Pues ven afuera! ¡Ven afuera que vas a ver!

El de adentro no sale. El de afuera se aleja lamentando.

—Malditos, nos tratan como animales, sin educación, siempre lo mismo.

Somos diecisiete esperando. Se generaliza la impaciencia.

Un señor paquistaní con un casco en la cabeza se acerca a preguntar por su número, el chico magrebí se enfada.

—No te cueles.

—Solo quiero saber si está mi número.

—Pues eso lo queremos saber todos.

—Idiota, nada más iba a preguntar.

La gente les calma.

Somos más de veinte esperando.

Viene la chica. Suelta números. La gente aliviada va recogiendo los paquetes.

Seis nueve cuatro.

—¡El mío!

Miro la dirección y monto en la bici. Tengo ya el cuerpo frío por la espera. Me apuro. Se me va la batería del celular. Cuento las calles. Ya no hay nadie en la calle.

Llego a la dirección. Toco el timbre. Abre. Subo. Entrego. —Gracias —. Bajo.

A casa. Tengo seis minutos.

El viento frío me hace pedalear más rápido.

A lo lejos veo luces de un coche de policía, giro a la derecha luego a la izquierda, me escapo. Llego a la ciclovía. Estoy cerca.

Un joven negro empuja un carrito de supermercado lleno de cachivaches mientras deja escapar el humo de un porro por la boca desanimada.

Paso por el Mercado de San Antoni, cruzo la Avinguda del Paral·lel, llego a mi calle. Carrer de Salvà.

Son las once en punto.

Abro la puerta.

Entro.