Confesiones al tejido de las redes

Confesiones al tejido de las redes

30 mayo, 2021 0 Carmen Núñez

Carmen Núñez escribe sobre Ojo de Mar, libro de Irene Herrera, publicado recientemente bajo el sello de PuertAbierta Editores.

Hay libros que nacen de la necesidad de contar una historia y presentarla envuelta en prodigios verbales, ese es su mérito; otros, surgen de la curiosidad humana por entender el mundo y las cosas que en él ocurren, la ciencia tiene muchos de estos ejemplos. Por otro lado, hay libros como Ojo de mar, de Irene Herrera, que se originan a partir de la nostalgia que sentimos por el tiempo ido, es decir, que provienen del “país llamado infancia”, como escribe en unos versos el poeta Vicente Quirarte.

Y no precisamente porque Irene Herrera sea la autora directa del conjunto de textos que conforman Ojo de mar, mejor aún. La compiladora de esta serie de entrevistas, realizadas al gremio de pescadores, es una más de sus integrantes. Con ojos agudos y oídos inquietos, Irene tuvo el gran acierto de no ser ella la autora de las historias (porque bien pudo tomar las anécdotas que están dispersas por estas páginas y convertirlas en relatos literarios debido a su vena creativa) si no de convocar las propias voces de los trabajadores del mar, para que fueran éstas las que hablaran con naturalidad.

A través de una guía de preguntas, supo “pescar” las distintas anécdotas que seguramente poblaron su niñez y acrecentaron la imaginación y el compromiso social que la caracterizan. Consciente de la importancia de hacer perdurar esas narraciones, lrene encontró la forma adecuada de compartir para la posteridad las heróicas y fantásticas experiencias de los miembros del emblemático barrio pesquero de El Túnel, mediante la publicación de un libro.

Imagino a la niña Irene entre una urdimbre de redes pesqueras, jugando y atesorando en silencio historias de naufragios, de revividos y apariciones fantasmagóricas provenientes del mar. Para ella, no hubo mejor manera de llenarse de ganas de vivir que a través de las experiencias personales de las que fue testigo debido al origen de su cuna. Podríamos decir, sin equivocarnos, que su niñez tuvo un encanto proveniente de la laguna con sabor y olor a sal.

En un pequeño artículo publicado a principios de este año, el escritor Juan Villoro rememora la relación imprescindible entre dos universos en apariencia distintos: los textos y los tejidos. En él cuenta que en la antigüedad las tejedoras, mientras bordaban y zurcían con sus manos, también contaban con el hilo de su voz el tejido de la vida, es decir, contaban sus vivencias. De esta asociación provienen expresiones que usamos ahora al referirnos a las historias como: el hilo del discurso, el nudo argumental, la urdimbre de la trama, los cabos que se atan, entre otras. Ojo de mar hace que recuerde el texto de Villoro. En este libro hay tejedoras y tejedores de redes pescadoras que entablan conversaciones mientras construyen y reparan sus enseres de trabajado diario.

En el mundo de la pesca a diferencia del bordado, el tejido sí es un asunto masculino.

El título del libro Ojo de mar es otro acierto más de la compiladora. Podemos hacer una doble lectura de este. En las entrevistas encontraremos la historia que cuenta Alfredo Lozano, El Feo, acerca de la existencia de unos agujeros en el fondo de las lagunas y los mares llamados “ojo de mar” donde reverbera agua y mediante la cual se mantiene la vida marina en equilibrio; una creencia compartida también por otros integrantes del gremio. Pero el título Ojo de mar, además, nos remite a la mirada de Irene, porque no hay duda de que el horizonte marino fue parte importante de las imágenes de su infancia, así como también de la mirada de los pescadores.

Digo que este libro es producto de la nostalgia, porque también en esos ojos de mar de los pescadores hay una añoranza por volver a ver la riqueza marina que habitaba estas costas de Colima, y que con el paso de los años se ha perdido de manera preocupante. Es una terrible realidad que comparten todos los trabajadores del gremio. El jaiberío en la laguna ya no se mira como antes. Ya no pagan por hacerle de carnada a los tiburones en la playa de la Audiencia, como cuenta Alfredo Lozano en su narración, porque hemos acabado con ellos. De los meros gigantes ya solo nos quedan las leyendas de su feroz apetito por los turistas y, la belleza cristalina que alguna vez tuvo el agua de El Túnel, sólo queda de recuerdo en los óleos de los pintores. La disminución en la riqueza marina es un problema de urgente resolución. Y esto es algo que preocupa y afecta mucho a los pescadores.

Las enseñanzas que el mar otorga a los pescadores son inconmensurables. En estas páginas está la manifestación de esa sabiduría. La lejanía oceánica en la que trabajan estos seres de agua, los hace darse cuenta de la insignificancia humana. Por ejemplo: Ezequiel, El Cevichero, nos platica cómo influye el efecto de luna en la pesca y en la conducta del mar, y cómo al intensificarse ambas, los pescadores están en un grandioso dilema: jugarse la vida con la bonanza avecinada o partir con las redes vacías y salvar la vida. El mar embravecido con el efecto de luna, explica Ezequiel, hace que la embarcación parezca “una cascarita de nuez en el oleaje”.

En estas anécdotas pesqueras, encontraremos, asimismo la voz de las mujeres: el oficio de la pesca también es asunto femenino. Olga Gutiérrez, La Güera, además de pescadora, es una grandiosa hilandera narrativa. Parece un cofre de memoria. Conoce todas las tragedias del gremio y lleva la cuenta de los amigos y familiares no devueltos por el mar. La Güera es, sin lugar a duda, la Sherezade marina de El Túnel.

Los pescadores entrevistados coinciden en que no hay profesión más libre y bondadosa que la suya. “Trabajar en el mar es bueno. Te sientes libre, porque no hay quién te mande. Nada más tú y el mar. Solo, allá afuera, te sientes único” afirma con orgullo, Melquiades Farías. Pero esa libertad no es absoluta; está condicionada a los caprichos del océano: en las tempestades, las embarcaciones y sus tripulantes pierden el control de la situación y se vuelven presa del humor de las aguas.

Irene Herrera ha sabido preservar la cosmovisión de los trabajadores del mar. Al presentarnos a sus héroes y amigos de la infancia, reconocemos el gran acierto de su decisión. Escuchar a los pescadores, conocer el desarrollo de sus afanes diarios y aprender de su sabiduría es atestiguar la poderosa fuerza de voluntad que se esconde en cada ser humano. Ojo de Mar nos enseña que la nobleza y la valentía concurren en los hombres y las mujeres de la orilla. Y nos recuerda la profundidad en los versos de Neruda cuando dice, en una especie de oración:

¡Oh, Mar…

Abre tu caja verde

y déjanos a todos

en las manos

tu regalo de plata:

el pez de cada día.