Comer y vivir: una pizza en Madrigal

Comer y vivir: una pizza en Madrigal

13 julio, 2020 0 Avelino Gómez

Estoy sentado en la mesa de un restaurante. Desde aquí se ve la calle y, más allá, hay un extenso predio baldío cubierto de hierba. El restaurante se llama Madrigal. Madrigal, así como se conocen también a las composiciones líricas que surgieron en el Renacimiento, después del Medievo y el azote de la peste negra en el viejo mundo.

En un texto reciente, el escritor Juan Villoro comparó la sociedad medieval —que también se recluía para evitar la peste—, con la de este siglo. Para sobrellevar su encierro, aquellos hombres y mujeres contaban historias, leían poesía, pintaban cuadros, componían música. Los hombres y mujeres de este siglo, asediados por una nueva pandemia, también nos hemos recluido. Pero no estoy seguro que hayamos vuelto los ojos al arte. Si acaso nos plantamos frente a una pantalla para mitigar el tedio y el aburrimiento. Si esta pandemia nos lleva a un nuevo Renacimiento, lo veremos en las artes visuales, en el cine, en la música, en el humor y —qué curioso—, en la gastronomía.

¿Qué harán los chefs para que los comensales se animen a volver a los restaurantes, a ese necesario hábito social de compartir la mesa?

¿En la gastronomía? La nueva normalidad mueve a los chefs y a sus restaurantes a reinventarse. ¿Nuevas etiquetas en la mesa? A lo mejor. ¿Alimentos e ingredientes más naturales? Quizás. ¿Mayor creatividad y audacia en el diseño de sus platillos? Es probable.
¿Qué harán los chefs para que los comensales se animen a volver a los restaurantes, a ese necesario hábito social de compartir la mesa? Ya lo veremos. Por eso estoy aquí, en este pequeño restaurante de Manzanillo, el municipio del estado de Colima que más ha sufrido el embate del Covid-19.

Por lo pronto el chef, de nombre Ramón, y de apellido Madrigal, me ha dicho que me sienta como en casa. Y le he tomado la palabra. Así que desde esta, mi nueva casa, colmada de mesas y ruidos y aromas que vienen de la cocina, pienso en lo que vendrá después de la pandemia. Serán cosas con las que la humanidad habrá de congraciarse, supongo. Porque después de que un mal nos aqueja, generalmente llegan cosas buenas. La quietud llega, la solidaridad llega, las amistades llegan, el apetito —sobre todo el apetito—, llega. Nada nos puede quitar las ganas de sentarnos a comer.

La quietud llega, la solidaridad llega, las amistades llegan, el apetito —sobre todo el apetito—, llega. Nada nos puede quitar las ganas de sentarnos a comer.

En eso pienso, mientras allá, en la cocina, están preparando una pizza que he pedido. Cuando salga del horno, he de comer con gusto esa dorada masa cubierta de salsa y queso. Quizás la habré de compartir con alguien. Porque es mi deseo compartirla, porque la comida siempre es más provechosa cuando se comparte. Y cuando vea que alguien más disfruta esa pizza, que sonríe y saborea el queso, el salame, las aceitunas y los champiñones, en fin, todos esos ingredientes, también pensaré en los versos de un madrigal de Francisco de Quevedo. Solamente en dos versos. Son estos: “Yo sólo, que nací para tormentos, / estoy en todo estos elementos…”.
Y nadie habrá de hablar de la pandemia mientras comemos, a mano limpia, esta pizza. Porque, al fin de cuentas, en este restaurante estoy como en casa.