Antes y después de la cuarentena | Martha Gutiérrez

Antes y después de la cuarentena | Martha Gutiérrez

13 mayo, 2020 0 Martha Gutiérrez

Antes de la prohibición a eventos multitudinarios, del enc(t)ierro, del miedo. Antes, mucho antes del cierre de empresas, oficinas, mercados y panteones. Anterior a la amenaza de visitas, de demostraciones de afecto, de atemorizantes despidos.

Antes de este año veinte-veinte (que por su nomenclatura se consideraba venturoso) en la vida nunca se había negado el acceso a playas, al mar, a ese mundo de agua que los porteños consideramos parte de nuestra subsistencia. El litoral cerrado y sin dar consuelo a los abandonados, al paño de lágrimas de los desamores, de la tristeza, del olvido.

Antes, antes, antes de la mitad de este año veinte repetido, se interrumpió la Semana Santa y Pascua; los eventos de primavera, los desfiles y celebraciones oficiales. Las Fiestas de Mayo de Manzanillo-Crom, de las cabalgatas, de los recibimientos y feria; el Día del Trabajo, el 5 de Mayo, el Día de la Madre, el del Maestro.

Antes de que las redes, las televisoras y los periódicos descubrieran la manipulación metódica, lo efectivo de los rumores, la eficacia de sembrar pánico, de ampliar coberturas las veinticuatro horas del día reiterando las causas de la terrible plaga, pandemia, virus y sus consecuencias letales.

Antes de que se quedaran las calles vacías, sin comercios ambulantes, sin servicio en bancos y burocracia. Antes de que a todo ser humano de más de sesenta años se le declarara que tenía los días contados si no se quedaba en casa y que por esa sentencia se confinaron a millones de personas de todas las edades, sin prever si tenían forma de sobrevivir.

Mucho, mucho tiempo atrás de todas las manifestaciones antes descritas, ya había madres, esposas, hijas, novias o amigas a quienes les entregaban los cuerpos de sus seres queridos sin necesidad de necropsia, autopsia o diagnóstico médico, sin reclamo. Se conformaban con recibirlos completos aunque con huellas de tortura, de los estragos del tiroteo, embolsados. Por aquellas épocas, otras tantas, incontables personas, buscaban a sus hijos, esposos, hermanos o amigos y nadie, nunca, jamás les informó ni atendió, mucho menos las reconfortó con alguna esperanza ni solución.

Hoy, a cuarenta días de la suspensión de escuelas; de la interrupción de millones de rutinas; de infinidad de niños sin atención ni explicaciones, enclaustrados en hogares y enviciados en las redes; acostumbrándose cada vez más a establecer sus propias reglas, todavía no conocemos la realidad. Empleadas que no saben organizar hogares y profesionistas que aprenden a cocinar. Deportistas que inventan juegos en un cuarto de cuatro por cuatro. Hombres, mujeres y niños que ensayan por primera vez conversaciones familiares. Ancianos que se avejentan más con la soledad, el silencio y el abandono. Familiares que se aprovechan de la contingencia para olvidarse de obligaciones con quienes más necesitan. Desidia y apatía, incredulidad y coraje en los que viven de un negocio local con mínimas ganancias.

No sabemos cuándo volverá la “normalidad”. De quién depende instaurar los pendientes. Devolver la confianza en los incrédulos. Regresar a los afectados parte de sus pérdidas. Lo único rescatable de los comentarios que circulan a voces, es que la fauna y la flora se recuperan, que animales agrestes salen de sus madrigueras, que las lagunas y ríos vuelven a ofrecer aguas cristalinas, que el mar es más azul que nunca; que las aves, peces y animales marinos disfrutan de su libertad y la ausencia de intrusos.

Lo que ignoramos es el después. Si aprendimos alguna lección con lo ocurrido, sea cierto o no. Si nos sirve para un futuro prevenir las eventualidades. Si volveremos a creer. Si no será contraproducente el comportamiento que se generó con disimulo o sospecha. Si acaso habrá un después.